La droga del poder

Nuestros líderes políticos nos están dando la sopa. El dramatismo mediatizado que nos secuestra diariamente como rehenes para apretar sus negociaciones hace que las últimas semanas desde las elecciones parezcan años.  ¿Pero qué les pasa a estos tipos cuando acarician el poder?

Esta semana se presentó el nuevo libro de poesía de Antonio Garrigues, “Amores vivos, amores muertos”. Fue un evento íntimo y sentido en el que se recitaron varios de sus poemas. Carlos Rodríguez Brown leyó el último, dirigido a nuestros dirigentes políticos, y mientras lo leyó me resbalaron dos lágrimas por las mejillas sin darme cuenta. Salimos todos impactados.

Juan Fernández-Aceytuno, director de Sociedad de Tasación, nos preguntó a Mario Alonso Puig y a mí, “¿Pero qué le pasa a esta gente?” Y como era un cóctel en el que nos iban a interrumpir en cualquier momento, coincidimos los tres en resumirlo: “pierden el norte cuando llegan al poder”.

La pregunta es por qué. Ninguno de nosotros piensa que perderá el norte si de pronto le dan el máximo puesto de responsabilidad en su organización, y sin embargo, nos puede pasar a cualquiera. Sólo nos damos cuenta –los menos, eso sí – a posteriori, cuando miramos atrás y reflexionamos sobre nuestros propios excesos.

Creo que la forma más fácil de entender el efecto del poder es imaginarlo como una corriente de energía de proporciones oceánicas sobre la que debemos fluir o surfear en alguna dirección. Quien no ha tenido poder no puede entender lo que se siente al tenerlo. Es como si un chico opina desde la arena de la playa sobre lo que están haciendo mal los campeones mundiales de surf que se juegan la vida a cada instante sobre olas de decenas de metros de altura. El subidón de adrenalina y el esfuerzo físico que emplean son literalmente de vida o muerte.

Mandar en un país o codearse con la élite global del G20 genera el mismo efecto. Por un lado, tanta fuerza bajo nuestros pies nos descoloca física y mentalmente. Nuestras reacciones emocionales son tan intensas que nos desbordan y nuestra mente se nos escapa a algún lugar placentero de fantasía. La presión del teléfono, las oportunidades enormes que se abren ante nosotros y los chantajes terribles que vienen a buscarnos como tiburones hambrientos, nos queman tanto la piel y quitan tanto el sueño, que nuestra mente se evade hacia un estado de embriaguez auto-inflada. Igual que una raya de coca (imagino).

Por eso el poder es una droga, porque como nos satura o nos ahoga rápidamente, nuestra mente se evade a un escenario en el que somos máximos e invencibles. Nos convierte en súper hombres y súper mujeres para así mirar desde los cielos lo que está ocurriendo allá abajo entre los mortales. Y esto, os parecerá muy curioso, es básicamente lo que hacen las víctimas de traumas violentos cuando su mente no sabe cómo enfrentar la realidad sensorial de lo que les está ocurriendo. Se separan del cuerpo y ven la escena desde el techo.

El poder, por tanto, nos reta hasta nuestro máximo límite cada instante de cada día. Nos embriaga de placer auto-encumbrado y nos esclaviza con su presión y sus movimientos imprevisibles, descubriendo así frente a todos cualquier defecto de forma o de fondo de nuestra personalidad.

Aprender a surfear 

Así, por ejemplo, hemos visto de nuevo como Nicolás Sarkozy se esfuerza por parecer más alto que su esposa súper modelo en las fotos del Paris Match de esta semana. ¿Cómo un hombre con el éxito y el carisma que tiene él aún puede sentirse acomplejado por su altura? Casarse con la reina de la belleza y la sofisticación parisina lo encumbró socialmente, pero al hacerlo lo sometió al escrutinio de su propia mirada acomplejada. A nadie le importa la altura de Sarkozy más que a Sarkozy.

Cuanto más poder, más fuerte es la ola que debemos surfear. Y más fácil es descolocarnos, perder pie o rompernos, o hasta caernos de golpe de nuestra flamante tabla de presidentes Buzz Lightyear: “¡Al infinito y más allá!”, gafas de aviador en pose Falcon y todo.

El reto está, por tanto, en aprender a surfear la ola de poder sin descolocarnos, sin saturarnos, y sin dejarnos ahogar por la intensidad de las emociones de un puesto de máxima influencia. Para ello ayudan mucho los años de experiencia con todos sus disgustos, engaños y fracasos. Si uno hace locuras por amor, también las acaba haciendo por mantenerse en el poder.

Igual que un enamoramiento demasiado intenso, no hay como un enorme desengaño para recuperar la sobriedad súbitamente y darse cuenta de todas las cosas estúpidas y/o terribles que uno ha hecho con tal de ganar el duelo de pistolas a cualquier coste. Y si uno sufre varios desengaños, cada vez se pierde menos en sus fantasías, aprendiendo con los años a aceptar las realidades.

Puestos a dar consejos a los surfistas oceánicos del G20, aquí desde la playa desempoderada del coaching ejecutivo en un país muy resistente al auto-cuestionamiento, sólo puedo decir una cosa: Todo lo que uno invierta en crecimiento personal le preparará para surfear olas grandes y complejas. Hacer coaching – el que nos cuestiona y nos hace ver cosas nuevas; no el del halago pelota y la promesa de resolvernos el problema -, practicar meditación y mindfulness para gestionar mejor nuestras propias reacciones y emociones, retirarnos regularmente a espacios de reflexión, son las herramientas que funcionan.

A surfear se aprende surfeando. Si uno analiza qué falló cada vez que se baja de la tabla, mejora su forma de coger las olas. Sin milagros ni magia. Con esfuerzo y con el tiempo, aquél que sabe siempre mirarse al espejo para encontrar puntos de mejora acaba fluyendo con auténticos tsunamis de poder sin agarrarse a ellos ni quedarse colgado. Y estos campeones del surf de influencias son esos líderes que impactan con la mirada y sirven a los suyos de corazón.


Pino Bethencourt 
Coach y fundadora del Club Comprometidos