José Antonio R. Piedrabuena —— ¿Por qué tenemos que hacer ejercicio?

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Estamos vivos porque todos nuestros órganos se comunican entre sí mediante señales moleculares y envejecemos cuando estas señales decrecen o encuentran resistencias, o fallan de salida o tienen dificultades en la entrada de las mismas.

El ejercicio estimula la comunicación entre órganos: el músculo esquelético, el corazón, los huesos, el hígado y el tejido adiposo, las glándulas endocrinas la flora intestinal y el cerebro están emitiendo o recibiendo señales indicativas de la necesidad del trabajo de los otros. Todo este conjunto es modulado por el músculo a través de sus mioquinas.

La comunicación entre órganos se regula a través de la señalización célula a célula para todo el cuerpo y facilita la reprogramación posterior de múltiples sistemas reguladores, incluidos el metabolismo y la inmunidad que se alteran con el sedentarismo y la mala alimentación. El ejercicio por así decirlo, resetea la comunicación entre órganos: vuelven a la estabilidad, siendo imprescindible para el correcto funcionar del cuerpo y la mente, al prevenir e inhibir numerosas enfermedades.

El ejercicio físico es capaz de incrementar en el músculo esquelético  la expresión de varios genes involucrados en el gasto de energía  y particularmente en el metabolismo de la glucosa y los lípidos.

 

El músculo

La contracción muscular secreta una serie de moléculas (lactato, catepsina B e irisina), que se comunican con otros órganos como el hígado, colon y cerebro, envían señales al cerebro y mejoran la cognición y la memoria, expiden señales al hígado y mejoran su metabolismo, exportan señales al tejido adiposo y aumentan el gasto energético utilizando la grasa como combustible.

Durante el ejercicio el músculo secreta 300 proteínas y 600 factores, todo un conjunto de órdenes y señales para el resto del cuerpo. Entre los cuales está la irisina y la catepsina B, un factor secretor muscular, necesario para la neurorregeneración y la cognición.

 

Mejoramos nuestro corazón

El ejercicio regular puede tener efectos antiaterogénicos: mejorar el equilibrio del sistema nervioso autonómico (reduciendo así el riesgo de arritmias malignas) e inducir cardioprotección contra la lesión por isquemia-reperfusión.

Promueve un entorno antiinflamatorio, estimula la regeneración del miocardio y mejora la pérdida de masa y fuerza muscular relacionada con la edad.

Moléculas que se secretan al ejercitar el músculo esquelético como la irisina, liberada por el músculo esquelético a la circulación después del ejercicio, protege al corazón de las lesiones por insuficiencia de riego a través de un mecanismo de eliminación de radicales libres. De manera similar, la proteína mionectina es una mioquina inducida por el ejercicio que protege al corazón, también, de las lesiones por falta de riego.

El ejercicio diario aumenta el número de mitocondrias en los cardiomiocitos que, en buena parte, se van perdiendo con la edad, así como la oxidación de las grasas, la supervivencia celular y la síntesis de proteínas.

Tanto el envejecimiento como las enfermedades cardiovasculares culminan en una función cardíaca deficiente, por lo que el ejercicio es capaz de inducir la remodelación inversa del ventrículo izquierdo, acercando la morfología cardíaca a la de un corazón joven y sano. En conjunto, estas adaptaciones dan como resultado la recuperación de la función cardíaca.

 

Mantenemos y protegemos el cerebro

También se ha encontrado que muchas de las mioquinas y hepatocinas producidas durante el ejercicio fluyen a través del cerebro. Uno de esos péptidos es el factor neurotrófico cerebral (BDNF), un miembro de la familia de proteínas neurotróficas que facilita la neurogénesis, la plasticidad sináptica y la supervivencia celular cerebral; sí, todo eso nos procura el ejercicio. El BDNF también se ha relacionado con la cognición y la memoria, porque su expresión en el hipocampo está disminuida en personas con depresión y/o enfermedad de Alzheimer. Por el contrario, los estudios tanto en roedores como en humanos han indicado que el entrenamiento físico y condición física resultante están asociados con el mantenimiento o las mejoras en la biología y función del cerebro. El papel protector del ejercicio puede deberse a varios mecanismos. Uno de ellos que incrementa un 20% el riego cerebral.

 

La vida sin ejercicio está asociada a movilización, reclutamiento, retención de tipos celulares aberrantes y de moléculas específicas que nos desregulan el metabolismo, el sistema hormonal, la inmunidad y el equilibrio oxidativo, favoreciendo un microambiente tumoral.

 

Con el ejercicio se activan genes que inducen una vasodilatación vascular. El corazón, los pulmones, el sistema vascular y el músculo esquelético se adaptan a la nueva situación e incrementan el suministro de oxígeno a las mitocondrias del sistema muscular, en un proceso denominado cascada de oxígeno y van a incrementar sus enzimas oxidativas. Las mitocondrias son las centrales térmicas, energéticas de las células que, por cierto, aumentan su número, con lo que tendremos más energía y viviremos más años, y menos oxidados. La energía procede siempre de oxidar azúcares, grasa, proteínas.

Las glándulas suprarrenales liberan adrenalina y cortisol tan importantes para los desafíos vitales y por su medio se genera energía, en este caso el páncreas liberando glucagón, una reserva de azúcar que se transformará en energía. Todo esto explica que, nos ponemos a correr o nadar y a los pocos minutos sentimos cansancio, y es que ha de ponerse toda esta maquinaria a funcionar. Luego a la media hora podemos sentir otra vez cansancio, es otra vuelta de tuerca en que los depósitos del hígado, aunque sigue sintetizando proteínas, se les han acabado el glucagón y empiezan a salir las grasas que tenemos en la cintura o “michelines” y también el colesterol malo, se incrementa el bueno. El hígado deja de sintetizar lípidos y procede a su oxidación, forma de transformar en energía la grasa. En total, en media hora hemos consumido las reservas para ir tirando cada día y las que tenemos en el cuerpo depositadas empiezan a ser utilizadas, hemos exhalado mucho CO2 y agua y estamos deshidratados, pero no de agua solo, hemos perdido minerales; así que un caldito, un vaso de leche, o un batido y reponemos además minerales.

El ejercicio también aumenta la entrada de glucosa en las células y disminuye la insulina circulante, es por lo que es tan importante que las personas mayores hagan ejercicio diario y deban vigilar su nivel basal de la misma, porque tiende a subir debido a varios factores ya conocidos. Además, disminuye las células mieloides circulantes y aumenta el número de células asesinas naturales (NK) y su capacidad citotóxica. Ellas matan bacterias mediante tóxicos, que son las que se agotan en los casos graves de la COVID-19 y nos defienden de infecciones. Una manera más de decir que mejora el contenido sanguíneo y se fortalecen nuestras defensas.

Cabe la reproducción de este texto siempre que se mencione a PROA como su fuente original


 

José Antonio Rodríguez Piedrabuena
Especialista en Psiquiatría, y en formación de directivos, terapias de grupo y de pareja

 

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