José Antonio Rodríguez Piedrabuena —— La inteligencia emocional ya en 1959

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En 1959 teníamos entre nosotros al Profesor D. Juan Rof Carballo, el cual escribía libros como “Cerebro Interno y Mundo Emocional”, “Urdimbre Afectiva y Enfermedad” o “Cerebro Interno y Sociedad”, verdaderos tratados sobre las causas del enfermar y de las consecuencias de la crianza y acerca del mundo emocional. En estos, indicaba que el ser humano se construye en una urdimbre de emociones, atenciones, desatenciones, cuidado y descuido. Pues nace con tan solo un 30% de su cerebro terminado.

No se pueden sintetizar estos libros, avanzados a su tiempo, que cayeron a plomo en un lago de ignorancia programada y vigente, impartida en la Universidad: el conductismo; teoría que dice que solo es válido lo que se puede validar. E incluso se llega a decir que el término inteligencia emocional fue introducido por Salovey & Mayer (1990), ignorando a Rof Carballo.

Pero todos coincidieron en que la inteligencia emocional refleja la capacidad de un individuo para manejar sus propias emociones y motivaciones y saber algo del origen emocional de las mismas.

¿Qué me dicen ahora de Goleman (1979)? Aunque con el mérito de abrir un portillo en una generación de médicos, psicólogos y público en general temeroso y reacio a admitir dichos postulados, este autor comienza a citar autores psicoanalistas.

Ya mucho antes los clásicos la habían descubierto y descrito entre ellos Cervantes, que en el capítulo X del Quijote, manda a Sancho a entrevistarse con Dulcinea y le da una pequeña lección del lenguaje corporal terminando sus consejos de esta manera: “Has de saber Sancho…, que las acciones y movimientos exteriores… son certísimos correos que traen la nueva de lo que allá en lo interior del alma pasa” “mira sus movimientos…, si levanta la mano al cabello para componerlo, aunque no esté desordenado…, si se desasosiega y turba”

La inteligencia emocional forma parte de un todo inseparable, siendo un componente de todo lo que las crías humanas han de incorporar a su estructura cerebral desde el nacimiento. El bebé ve doble hasta los seis meses, es miope y tiene un estómago al nacer del tamaño de una guinda. Depende absolutamente de la calidad de lo que le aportemos para terminar su desarrollo en esta urdimbre: ese tejido emocional al que llamamos fetalización, el terminar el ensamblaje del cerebro. Tan solo los cuidados parentales pueden completar el cerebro de este humano que ha nacido prematuramente si lo comparamos con cualquier otro animal con cráneo. Nacido con el mismo desarrollo de los demás mamíferos no cabría por el canal del parto. Debemos nacer prematuros. Por eso, durante un periodo, reaccionaremos y procederemos en la evaluación del entorno con un cerebro muy deficiente: eso es el narcisismo, en el bebé y cuando se da en adultos.

La inteligencia emocional tiene, entre otras funciones, un componente: la capacidad de detectar las propias emociones y las de los demás y de utilizar la información recopilada por ellas para guiar nuestro pensamiento y acción. Esto se basa en poder describir, sentir, localizar y poner en palabras la enorme variedad de emociones que nos habitan, lo que sentimos, que incluye la memoria, la conciencia, lo no consciente, los procesos fisiológicos que delatan la existencia de la misma y la percepción de las emociones del prójimo.

Muchas personas que no han terminado su desarrollo emocional y están anclados a características de la mente infantil se han definido como narcisistas. Son personas que se han quedado emocionalmente en su percepción de los otros en esa edad infantil, en la que  pueden abusar de sus madres, tiranizarlas, sin conciencia ni consideración de las molestias o daños que causan, porque con el cerebro que tienen no pueden tener empatía. Por ello, pueden exigir sin límites y nunca podrán discernir si vienen a cuento o no sus explosiones emocionales. El estado en desarrollo de su sistema límbico no les permite sentir si hacen daño o no.

Así es el cerebro del narcisista. Que se activará ante cualquier pequeña crisis, contrariedad, o porque los otros no dan la respuesta que espera. Necesitan que el otro se le acople sin fisuras, como en las pataletas de los dos o tres años, pero ahora en forma de exabruptos, cortes, brusquedad a la mínima, desprecios, desconexiones emocionales,  cuando nos salgamos de lo que tiene pensado o cree que debe ser. Llama la atención -como en los niños de dos años-, que el inmaduro no sienta el peligro que supone desconsiderar, agraviar, ningunear, para la mente de sus convivientes o para la pérdida de personas que por su madurez emocional no los van a aguantar.

Seres que entran en patrones estables de comportamiento destructivo abierto o soterrado, descalificatorio que, como es de esperar, trastorna el entorno de un departamento en una empresa, una pareja, una familia, una comunidad. Pero no les importa, porque, al igual que los niños de dos años, puede destruir todo lo que deseen y luego ser cariñosos, seductores y sonreír, porque no procesan su conducta destructiva, algo que al conviviente con semejante comportamiento lo desestabilizará poco a poco. Esto es algo que creo que acaba siendo el fin último de sus conductas. Son adultos con un niño al mando de sus percepciones emocionales.

El poco inteligente -el analfabeto emocional no auto-reconocido-, no va a disfrutar del valor de los otros, ni promocionar a personas cercanas. Lo mismo que a un niño de dos o tres años no podemos pedirle que mire dentro de sí, estas personas lo utilizan para localizar las faltas de los demás, pero van a considerar que no tienen nada que mejorar personalmente y que los problemas se los causan los otros cuando no se ajustan a lo que ellos quieren, a su visión del mundo. ¿Vamos viendo y comprobando el origen infantil? No está al alcance de la mayoría saber qué emoción sienten y cual es su sistema emocional, activado desde de fuera o desde el cuerpo.

Algunos ejemplos pueden ser: Le ha subido la tensión en plena juventud o le tiene en un estado de ansiedad, insomnio; o, cuando una hija única, decidió marcharse de cooperante dejando a su madre enferma en cama. ¿Qué había proyectado allí, en su destino, que superaba en importancia a la madre, finalmente fallecida? Otro sudaba y tenía pesadillas cuando dormía junto a su mujer, algo que no le ocurría cuando ella estaba fuera por motivos profesionales, no percibía las descalificaciones sutiles, arteras de ella. Un varón tenía dolores de cabeza cuando entraba en casa, descubrimos que eran los ataques descalificatorios de su mujer, que por su muy limitada inteligencia emocional no lo pasaba a su conciencia, y también porque esto mismo de ser descalificado fue el ambiente que vivió en casa de sus padres.

Las personas con falta de control emocional toman decisiones con datos inmediatos, simples y no pueden esperar a tener conocimientos contrastados antes de huir, atacar o pensar, o que simplifican y/o denigran. Prontos dispuestos a saltar, rechazar, negar, y agraviar, infravalorando lo que no controlan o produce un choque emocional: “esto ya lo sabemos”.

¿Se puede mejorar o corregir todo esto sin ayuda de verdaderos expertos, cuando estas personas niegan la psicología, la denigran, la temen, la consideran extraña a ellas mismas? Para mantener su superioridad compensatoria.

*Los textos reflejan el punto de vista del autor y son independientes de las opiniones de PROA

Cabe la reproducción de este texto siempre que se mencione a PROA como su fuente original

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