Roberto Ruiz Ballesteros —— La posverdad de Villarejo

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El pasado 20 de octubre, el policía jubilado e investigado en el caso Tándem, José Villarejo volvió a liarla desde el púlpito que los diputados le dieron en el Congreso. Aseguró en el marco de la comisión de investigación del caso Kitchen que los espías españoles inyectaron en secreto hormonas femeninas e inhibidores de testosterona al Rey emérito, Juan Carlos I, con el fin de «rebajarle la libido». «Se consideraba un problema de estado que ese señor fuera tan ardiente», ahondó el principal investigado del procedimiento que dirige la Audiencia Nacional frente a los políticos.

Su apelación a un episodio que parecía sacado de Mortadelo y Filemón provocó una masiva reacción en las redes sociales, a las que no pocos académicos acuden recurrentemente como termómetro de opinión y que en este asunto superó los 40 grados. Los memes inundaron Twitter y WhatsApp con miles de mensajes a una rapidez tal que en las cenas del siguiente fin de semana ya no había nadie que no hubiera sonreído en solitario con el asunto, un fenómeno solo equiparable al que protagonizó el mismísimo Julio Iglesias.

Sin embargo, en este contexto surgen algunas preguntas de fondo, un par al menos que se hubieran hecho Sócrates, Platón o Aristóteles, pero que en la actualidad muy pocos se plantean. ¿Es verdad que el CNI inyectó inhibidores para reducir el deseo sexual del anterior monarca? ¿Es cierta la historia que cuenta Villarejo? E incluso una tercera cuestión, quizá más propia de Kant. ¿Hicieron bien los responsables de la inteligencia nacional en el caso de que fuera auténtica la anécdota?

Los diputados decidieron llevar a Villarejo porque algo de credibilidad le daban. Sin embargo, lo más probable es que nunca haya pruebas para responder a las preguntas de los filósofos. No habrá por lo tanto certeza de que los cecilios drogaban al rey para calmar sus ansias de pasión, pero tampoco de lo contrario, pues nadie estará en disposición de afirmar que los espías jamás montaron una operación antilibido.

En cualquier caso, a los espectadores del coliseo romano que otrora gritaban «hispano» a Gladiator y que hoy se dedican a perder el tiempo en Twitter y Netflix les importan más bien poco esos pequeños detalles sobre la verdad y la moral. Que sea real o no lo que puso sobre el tapete mediático Villarejo pasa a un segundo plano. Lo único importante es chapotear en esa nueva serie que además es gratis.

La razón es que en este escenario de posverdad pesan mucho más términos como credibilidad, verosimilitud o incluso activismo comprometido que certeza, verdad o ética. Lo que realmente interesa es la historia con apariencia de realidad sobre las supuestas hormonas femeninas del Emérito y sus escondidas implicaciones. Como en aquellos libros de final abierto, la imaginación de cada lector construye el resto.

Los hechos narrados por el ex policía son pan y circo para la opinión pública, que utiliza el material que sale de la boca de Villarejo para recrear en su imaginario colectivo una realidad propia que -parafraseando a Juan José García Noblejas en su Comunicación y mundos posibles– tiene tanta importancia o más que la auténtica. Algo parecido a lo que ocurría en la Tierra Media y en Star Wars.

Las reglas internas del nuevo mundo que reina en las cabezas de los ciudadanos son a veces más poderosas si cabe que las que rigen en la vida off line. No me extrañaría, en ese contexto, que el propio monarca empezara a comprenderse a sí mismo en el marco de ese nuevo escenario dibujado por el pensionista. La ciudad de Philadelphia permitió erigir una estatua a Rocky Balboa porque los turistas acudían a la escalinata del Museo de Arte para emular los movimientos triunfantes del ficticio boxeador. Los escoceses sustituyeron en sus calles a Robert the Bruce por William Wallace tras el éxito de Braveheart.

Pasa aún hoy con el mundo Marvel, el Anime o El juego del calamar, que ha impactado con tanta fuerza que ya hay empresas que se hacen de oro con iniciativas de supervivencia similares. Basta con que las historias -reales o ficticias- tengan unas sólidas patas de verosimilitud para hacerse un hueco en las cabezas de los ciudadanos, que las interiorizan hasta hacerlas más suyas que sus propias preocupaciones. Sin embargo, no es éste -la apariencia de verdad- el único requisito.

Ha habido otras declaraciones de Villarejo que no han tenido tanta acogida en el gran público. ¿Por qué? Quizá la respuesta radica en que algunas tocaban a personalidades con poder suficiente para aplacarlas. A lo mejor fue debido a que la realidad que mostraban esos testimonios desmontaba otros castillos previos que las personas habían erigido en sus cabezas y que habían dado por buenos durante tanto tiempo que incluso apelaban de forma recurrente a ellos para levantar construcciones enteras de argumentaciones que movían hasta sus propias vidas.

El principal testigo del caso ZaplanaMarcos Benavent, dijo el pasado 27 de octubre que la documentación supuestamente encontrada por el colaborador sirio que dio origen a la investigación, el empresario Imad Ahmad Al Naddaf Yalouk, fue «un montaje». La declaración va en la línea de la que hizo Villarejo apenas una semana antes, precisamente en la mencionada comisión parlamentaria donde habló de las hormonas reales. El jubilado afirmó que el PSOE le dio la orden de «destruir» al que fuera ex ministro de José María Aznar a través de «un confidente del CNI sirio».

¿Es verdad lo que cuenta Villarejo y viene a ratificar Benavent? ¿Fue un montaje la operación contra Zaplana? ¿Quién la encargó, si realmente existió? ¿Estuvo bien, en el caso de que se confirmara la veracidad de esa denuncia pública? De nuevo las preguntas más interesantes son difíciles de responder. En este caso, además, lo que plantea el ex policía y el testigo (ambos procesados) resulta poco gracioso, pues no ha provocado meme alguno en las redes sociales. La película que dibuja la nueva historia no invita a poner tetas y pelo largo a Zaplana, como hacían algunas mofas visuales reenviadas hasta la saciedad por WhatsApp.

Lo que hacen Benavent y Villarejo es ofrecer un nuevo mundo posible, el de una serie irreverente que pone patas arriba lo instruido hasta ahora al tiempo que destroza los prejuicios ya firmemente asentados en el argumentario popular cual axiomas inamovibles. A pesar de no haber concluido la instrucción del caso Erial, los españoles ya habíamos sentenciado que Zaplana es un corrupto. La nueva vía que señalan los dos presuntos delincuentes (acusados en Taula y Tándem, respectivamente) hace temblar las rodillas fiscales. Esta vez, no hacen leña del árbol caído que representaba el Rey emérito, sino que atacan directamente a uno de los pilares del Estado de derecho, el que sustenta la acusación pública.

 

Roberto Ruiz Ballesteros

Director de Comunicación de Litigios de PROA

Este texto ha sido publicado previamente en El Mundo

Créditos imagen: EFE

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