José Antonio Rodríguez Piedrabuena —— ¿Por qué el cerebro se niega a cambiar?

Nuestros cerebros no buscan la verdad, sino que todo tenga coherencia es lo verdadero para ellos. Y se enrocan ahí. Una vez que militamos en algo coherente, empieza a movilizarse todo el potencial de nuestra mente que defenderá esa coherencia como la verdad. Ya no será necesario seguir gastando energía, ni modificaciones de la arquitectura cerebral, ni puesta en marcha de todo el arsenal genético, ya que eso significaría cambiar o aprender.

En el cambio y en el aprendizaje entran en juego circuitos neuronales altamente especializados compuestos de muchos tipos de células con diversas propiedades moleculares, anatómicas y fisiológicas; múltiples regiones y subregiones, cada una de las cuales comprende muchos tipos de neuronas. Además, se opondrán al cambio nuestros sistemas emocionales.

El mantenimiento de nuestra existencia corporal, el aprender y cambiar requieren mucha energía. Una pequeña muestra es que cada cuatro meses los glóbulos rojos de la sangre se reemplazan por completo, las células de la piel lo hacen cada pocas semanas. Al cabo de más o menos siete años, se habrá fabricado, célula a célula, otro cuerpo con sus órganos correspondientes. Pero se escapa de estas reglas el cerebro, que dentro de su enorme flexibilidad conservará las mismas neuronas, a las que añadirá algunas células de nueva fabricación, precisamente las que necesitamos para aprender.

Todas las especies estamos en un nicho espacial, un ambiente que nos ha permitido nuestra existencia dentro del que hemos construido nuestra identidad. Por ello solo sentimos y vemos lo local, nuestra comunidad, nuestra militancia. Lo que no está en nuestro nicho, o no lo vemos o lo devaluamos, o lo vemos como amenaza. Cuanto más inmaduros más sentimos como una amenaza los que no coincide con lo nuestro. Se legisla desde las ciudades para el campo y la vida silvestre, y para los humanos desde ideologías que son un nicho, en general, para preservar nuestras verdades.

Todos los cerebros tienen una limitación, no pueden emigrar a otro concepto, otro punto de vista, otras militancias porque el complejo sistema emocional lo frena. Es tanto como decir que no vemos, ni comprendemos lo que está fuera de nuestra vida y nuestro espacio, cimientos de nuestra identidad.

Lo que nuestro cerebro necesita

Esa limitación cerebral da lugar al fanatismo, la interpretación ideologizada, los extremismos, el aferrarse a rutinas, a lo ya sabido, a las adicciones. Nuestro cerebro genera su propia realidad, incluso antes de recibir información procedente de los sentidos. Vamos a la realidad esperando hacer coincidir el exterior con lo que hemos almacenado en nuestras memorias. No reconocemos nada de lo que antes no tenemos noticias archivadas. Y lo poco que vemos lo hemos atado a nuestro sistema emocional.

Lo que experimentamos por cualquiera de los sentidos, como por ejemplo lo que vemos, se basa no tanto en la llegada de cualquier realidad, sino en lo que tenemos grabado en el cerebro.  Por lo que funcionamos buscando confirmación en el exterior de lo que creemos, militamos o sentimos, lo que sabemos, para ahorrar energía, y utilizamos una batería de defensas y resistencias para rechazar los cambios.

Simplemente exploramos, oímos, vemos para encontrar más detalles con los que alimentar y confirmar nuestro modelo interno. Buscamos lo que nuestro cerebro necesita, algo que tenga coherencia para poder creer, militar, gestionar. Puede tener coherencia para algunos el desmantelar, vaciar de contenidos a otros para poder eliminarlos. Ya no matamos, sino denigramos a un padre o a un hijo, a un facha, un cristiano, un negro.

Esto significa que todos los animales procesamos sólo la mínima cantidad necesaria de información para movernos por el mundo. Los tópicos, los eslóganes, las ideologías cerradas, los prejuicios; todo aquello cuya fuente y origen está en el sistema emocional y que tratamos de confirmar.

Porque el mundo emocional es rígido, tiene consolidadas sus claves desde hace millones de años de evolución, más lo que ha moldeado la experiencia en el hogar, la adolescencia y el resto de nuestras vidas. Nuestros genes determinan la mitad de lo que somos, el resto son ambientes interiorizados, en cambio permanente de los módulos cerebrales, es lo que llamamos plasticidad neuronal.

Conservación de nuestra identidad

Todos los procesos de nuestro mundo emocional están para seguir vivos, para sobrevivir. Queda demostrado por la neurociencia que cualquier decisión, vivencia, creencia, pensamientos, manifestaciones personales están para sobrevivir, desde emociones a modelos arcaicos comunes a todos los animales. Todo lo que hacemos, pensamos, nuestro sistema intelectual, proyectos, en fin, toda la vida humana está condicionada y guiada por esa “inteligencia” biológica común a todas las especies. Son el núcleo central de nuestras emociones. En nuestro caso, con el 80% de las decisiones ajenas a la conciencia, son más un discurso racional generalmente justificativo de las mismas.

Si no escucho, si descalifico, si doy por sabido, es porque no podemos estar aprendiendo de nuevo todos los días la realidad, ni aprender de nuevo lo que llevamos vivido, porque ampliarlo produce una revolución genética, metabólica cerebral, una alteración de las comunicaciones y circuitos cerebrales, un gasto de energía que todo lo viviente trata de evitar. De ahí las rutinas, tan eficaces en todos los organismos, en las instituciones sociales, pero que pueden ser destructivas en nosotros y en el origen de muchos de nuestros males… como todas las adicciones.

No existe ni un solo ser humano que no sea conservador y se aferre a lo que ha construido como fruto de su experiencia vital en su grupo familiar, de su entorno social, de sus militancias de sus adicciones. Aunque algunos se consideran habitantes de la mejor, más verdadera, más moral de las militancias, y tratan de impugnar a los que no están en su idealizado mundo, si es que no tratan de imponerlo a las bravas.

Esto nos da una idea que el sistema emocional es muy cerril, no cambia, porque comparte estructuras craneales, de gestión, con todos los animales con cráneo. Y porque necesitamos algo que mantenga la estructura mental, nuestra identidad, aunque no tenga nada que ver con la realidad, o esta sea un sistema de creencias delirante, fanático y hasta contrario a nuestra existencia.

Por otra parte, hemos vivido medio millón de años en grupos pequeños que estructuraron nuestros cerebros, y en los últimos nueve mil años nos hicimos sedentarios. Estos no son suficientes para cambiar esa estructura. No necesitábamos lo global durante esos primigenios milenios, ni era percibido. La vida emocional, colectiva ha cambiado poco, de ahí que el cerebro recurra a los populismos como sedantes colectivos, para volver a lo atávico que convivió con nuestra existencia desde las primeras fases de desarrollo hasta el humano actual que debería ser sapiens. Nuestro cerebro ha estado evolucionando en datos y espacios muy limitados hasta hace unos milenios. Se necesitan muchas generaciones para modificar todo esto, nueve mil años no son suficientes.

Experiencia y realidad objetiva

Nadie posee una experiencia de la realidad objetiva: cada criatura percibe tan sólo lo que su cerebro ha consolidado mediante su experiencia. Solemos mirar, escuchar, comprender de manera superficial y lo malinterpretamos para nuestra estabilidad mental. Es difícil quitarse de la cabeza la sensación de que esa observación somera de lo que hemos visto es la realidad.

La acumulación de esas falsas realidades tiñe nuestras creencias y acciones gestionándolas fuera de la conciencia, aunque nos rebelemos ante este hecho, ya demostrado por la neurociencia, y aunque pomposamente hablemos de gestión del cambio.

Ese funcionar semiautónomo, inconsciente, nos permite permanece dichosamente ajenos a la autocrítica y la rectificación. La neurociencia nos demuestra que nuestra vida es el producto final de esas redes que circulan dentro del cerebro primitivo ajeno a la conciencia, pero que tienen las claves de nuestra vida y supervivencia. El cerebro inconsciente ha estado elaborando ideas, consolidando recuerdos, probando nuevas combinaciones, evaluando las consecuencias durante horas o meses, años. ¿Qué pasaría si todos los fanáticos, dictadores, demagogos, negacionistas, incendiarios… vieran de verdad que les impulsa?

*José Antonio Rodríguez Piedrabuena es especialista en Psiquiatría y Psicoanálisis, y en formación de directivos, terapias de grupo y de pareja.

 

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