Pablo Gasull —— Un análisis de la cultura woke con el periodista Argemino Barro

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Argemino Barro es corresponsal freelance en Nueva York de El Confidencial, La Sexta y Televisión de Galicia. En 2014, cubrió la guerra en el este de Ucrania y obtuvo el premio europeo “Belarus in Focus” al mejor reportaje sobre Bielorrusia. Durante su adolescencia nació su pasión por desentrañar las dinámicas de los totalitarismos, como quien se siente atraído por libros de fantasía: “Me fascina investigar cómo una sociedad aparentemente sana, libre y consolidada se desliza por los túneles del fanatismo, el odio y la opresión”.

Autor de El candidato y la furia, sobre el ascenso de Donald Trump, y Una historia de Rus: Crónica de la guerra en el este de Ucrania, es posible que escriba un tercero sobre el auge de la cultura woke en Estados Unidos, un fenómeno que se ha afianzado en las universidades de élite americanas e instituciones públicas. En España, sus artículos sobre la ideología de la teoría crítica racial publicados en El Confidencial tuvieron una gran acogida entre sus lectores.

Para la cultura woke, no existe la verdad, sino constructos sistemáticos y culturales que tratan de imponerse frente a otros. La democracia liberal no es más que una fuerza opresora del hombre blanco. El individuo se define en relación a un colectivo y sólo es posible conocerse a través de esta esencia identitaria. En este sentido, el conocimiento es siempre problemático –desconfían de la razón–, ya que se encuentra en una permanente lucha de narrativas. Por eso, la cultura woke pone énfasis en las palabras; el lenguaje es violencia que se impone frente a otras fuerzas discursivas.

–En uno de tus artículos en The Objective, escribiste: “Estados Unidos continúa siendo una democracia sana, enérgica y firme”. Sin embargo, después de leer tus artículos sobre la cultura woke en El Confidencial uno no tiene claro que esta afirmación sea verdad. ¿Cómo se compatibilizan ambos análisis?

–En cualquier democracia anidan tendencias que la quieren destruir. Lo bueno de esta forma de gobierno es que acoge en su seno todo tipo de corrientes; algunas de ellas buscan replantearla o incluso destruirla. En su caso, Estados Unidos es un país muy diverso y orgánico. Las corrientes de opinión cambian a mucha velocidad. Un amigo mío cree que, a pesar de su auge, la cultura woke pasará al olvido dentro de cinco años.

–Este fenómeno nace del postmodernismo, pero no creo que muchos de los que afirman sus postulados hayan leído o incluso sepan de la existencia de Foucault o Lyotard. ¿Cómo es posible que esta ideología haya embaucado a la élite universitaria americana?

–Después del trauma general causado por la Segunda Guerra Mundial, el mundo naciente cuestionó determinadas verdades. La filosofía posmodernista francesa, encabezada por Foucault y Lyotard, empezó a cuestionar la realidad y conceptos fundamentales como la familia, la libertad de expresión o la justicia. Sus ideas se afianzaron en los años 60 para apagarse después en los 70 y los 80. Sin embargo, estas teorías llegaron a las universidades americanas y se mezclaron con otras de corte neomarxista –un filósofo clave de esta corriente fue Herbert Marcuse, procedente de la Escuela de Frankfurt. Estos dos gérmenes del relativismo –el posmodernismo francés y el neomarxismo– dio lugar a una nueva corriente: la aplicación de las dinámicas marxistas a las identidades de los Estados Unidos. La lucha de clases entre el proletariado y la burguesía dio paso a la lucha entre razas (el hombre blanco frente a las minorías). Esta nueva formulación caló hondamente en los departamentos universitarios.

–Para este movimiento, la experiencia nos sitúa en una posición privilegiada. Si no eres negro, no puedes entender la realidad de un negro; si no eres mujer, no puedes entender el aborto. La vivencia se sobrepone a la razón. Bajo este supuesto, y ahora que ya no hablamos más sobre Afganistán, ¿podríamos criticar, sin haberla experimentado, la cultura de los talibanes?

–El relativismo parte de una idea positiva: la realidad siempre se ve bajo un punto de vista. Por ejemplo, si leyéramos un libro de historia sobre la conquista de América desde una mirada indígena, posiblemente captaremos detalles nuevos. Siempre es interesante ampliar nuestra visión. Ahora bien, la consecuencia extrema de este pensamiento es la subordinación de la razón a la experiencia personal. Bajo este supuesto, una persona sólo puede opinar sobre lo que es suyo. Si eres afroamericano, sólo puedes leer autores afroamericanos, por ejemplo.

La cultura identitaria, obsesionada con la identidad, la experiencia y la subjetividad, anula cualquier tipo de debate racional. Un fenómeno común es la apropiación cultural: si eres blanco, no puedes hacer hiphop; si eres español, no puedes participar en los Emmy Latino. Se produce así una contradicción: por un lado, la apropiación cultural está mal; por otro, los blancos tienen que esforzarse por estudiar y asimilar la cultura afroamericana y ponerse en el lugar de la otra identidad.

Hay afroamericanos que no quieren definirse por una identidad colectiva. La consecuencia es que su experiencia de vida como afroamericano no cuenta y no les dejan hablar en las universidades. Sólo valen aquellas experiencias que coinciden con el dogma.

–¿Qué crees que pensaría Martin Luther King del movimiento Black Lives Matter? Luther King soñaba con compartir derechos bajo una misma visión democrática y no segregarlos bajo subjetividades.

–No quiero poner palabras en boca de Luther King. No sé qué pensaría. Si observamos la narrativa identitaria actual de una manera superficial podemos entrever elementos comunes con el discurso de Luther King. Sin embargo, cuando uno profundiza en ambas posturas, se da cuenta de que son totalmente opuestas. El activista americano quería expandir los derechos de la democracia liberal –el derecho de voto, que había sido violado muchas veces en los estados del sur, el derecho a llevar una vida digna, etc. Los postulados posmodernos, en cambio, buscan desmontar la democracia liberal, porque la consideran una creación de supremacistas blancos. Actualmente, Black Lives Matter, que se creó como una respuesta a los casos de violencia policial con sesgo racista, va más allá y cuestiona conceptos como la familia y la justicia. Además, ha adquirido una visión muy corporativa y lucrativa.

En algunos colegios en Estados Unidos se han desarrollado los grupos de afinidad racial. Los niños, cuando cumplen los tres años, se dividen en grupos según su raza, porque se considera que sólo pueden sentirse seguros si están rodeados de su gente. En este sentido, subyace la idea de que el hombre blanco es por naturaleza opresor. Es una visión de las relaciones humanas extremadamente sórdida.

–Occidente ha tratado de difundir sus valores al resto del mundo y defender la democracia liberal frente a otro tipo de formas de gobierno. ¿Puede ser la democracia un producto de exportación? ¿Es posible, como en el caso de Afganistán, enterrar el pasado de un país, invertir miles de millones de dólares y transformarlo en 20 años en un Estado democrático?

–Sospecho que los estadounidenses han perdido mucha inocencia tratando de exportar su modelo en los últimos años. Es una pregunta compleja, pero es bastante ingenuo pensar que la democracia se puede exportar como una Coca-Cola o unos vaqueros. Las democracias en Europa se fundaron después de recorrer un proceso lento y largo lleno de matices, un camino en el que tuvo que incrementarse la prosperidad, el comercio, el intercambio de ideas, la culturización de las masas, etc. Creo que los valores democráticos son insustituibles, pero es ingenuo pensar que pueden aplicarse a un país pastoril, con un 80% de analfabetismo y donde las mujeres van tapadas por completo.

–La cultura woke ha llevado a cabo un revisionismo histórico del descubrimiento de América. La ola de estatuas destrozadas es llamativa: Colón, Cervantes, Don Juan de Oñate, Fray Junípero o incluso George Washington. Para la cultura woke, todos ellos pertenecen a un sistema opresor de los pueblos indígenas. ¿Podemos analizar el pasado con los ojos del presente?

–Los woke, a través del marxismo, comprenden la historia como una lucha constante. La historia del continente americano se resume en la opresión que el hombre blanco ha ejercido a los indígenas. El blanco es el hombre dominante. Nuevamente, es interesante revisar la historia, o considerar, e incluso adoptar, otros puntos de vista; pero, cuando este relativismo se lleva a extremos dogmáticos e iconoclastas, se llega a la situación inverosímil de querer arrasar con todo el pasado, con toda la historia. Algo parecido a lo que querían hacer los Guardias Rojos de Mao Zedong durante la Revolución Cultural China.

Te pongo un ejemplo. En octubre del año pasado, entrevisté al director de la Sociedad Histórica de Portland, la ciudad con más extremismos en todo el país. La institución contaba de forma muy sensible la historia americana y dedicaba un gran espacio a la vida de los indios antes de la colonización. A pesar de ello, la noche anterior la Sociedad había sido atacada y le habían reventado los cristales de las ventanas. Frente a su fachada, estaba la estatua de Abraham Lincoln, el emancipador de los esclavos, vandalizada y tirada.

Es decir, que este movimiento ni siquiera tiene una coherencia interna. El museo más woke de EEUU también es presa de ataques. Ni siquiera Abraham Lincoln está a salvo. Los dogmas son virulentos y caprichosos.

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