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Líderes autoritarios, líderes progresistas

Alejandro Magno atacó directamente al caudillo persa que huyó espantado y su ejército se dispersó, se fragmentó. Hernán Cortés con solo cinco jinetes cargó contra Cihuacóatl azteca, lo derribó de una lanzada y el ejército se dispersó. Tito, el mariscal, se va a otra vida y Yugoslavia se fragmentó; Sadam Hussein, liquidado, su pueblo sigue peleándose entre sí. Franco se murió y volvimos a fragmentarnos, hasta el día de hoy. La dictadura produce fragmentación social, porque no cuenta o elimina a aquellos que no comulgan con su visión.

El líder autoritario puede aglutinar, de momento, fuerzas dispares presentes en todo grupo, grande o pequeño; intenciones encontradas, egoísmos, fuerzas de cohesión y de dispersión mientras él vive, luego se vuelve a lo anterior fragmentado que ha estado latente.

Cada cerebro instalado en su fortaleza dogmática, con sus creencias y opiniones inconmovibles, su dificultad para pensar de otra manera. Por tanto, en cualquier grupo, familia, nación encontramos lo humano; una reunión de seres igualados en ambivalencia emocional, con pensamientos y acciones automáticas sin cuestionarse, con amor y odio, con necesidad de ignorar o de atacar lo diferente, negando los “pecados” de sus dirigentes. Esto no lo van a cambiar las democracias actuales. Que dejamos en manos de personajes o movimientos emergentes encargados de actualizar la existencia del enemigo para votar contra el mismo. Las emociones manejadas, excitadas  es lo que cuenta para que las personas estallen, se enfrenten y se destruyan entre sí. Nos desquician, nos hacen regresivos, vean de hablar de política con amigos y familiares y aparecerán rupturas, agresión, descalificación. Su necesidad de vivir de la política mediante descalificaciones a falta de programas y comprensión profunda de lo que necesita la Nación, ha permeado a la sociedad

El líder verdadero, barrunta, casi adivina el futuro, es integrador, necesita de todos. Sin embargo, estos que tenemos  van de ganar unas elecciones, cabrear y enfrentar al personal.

Hay tácticas tan viejas como la humanidad, despertar esperanzas mesiánicas; se unieron para la cristiandad universal, para la revolución planetaria, o como un proyecto progresista. Otra táctica empleada en España, todos los días, es señalar al enemigo para que sientan que son atacados o amenazados y se unan en el proyecto descalificatorio primero y en adelante hasta poder llegar a la aniquilación del “enemigo”. Ambas tácticas producen depresión social, desencanto y gentes que se identifican con estos supuestos y la mayoría que se desilusiona y se deprime.

Ahora tenemos “la suerte” de contar con un gobierno progresista. Los que no lo somos seremos confinados detrás de un buen cordón sanitario.

El progresista, al declararse como tal, en esta España tiene una fuerza emocional brutal, es una acusación moral, un desprecio de los que no lo somos, se emplea para crear culpa, para excluir, es el narciso que se cree superior, por su categoría, su puesto, su clase o por ser de izquierdas y progresista. Todo lo contrario, a un proyecto unificador que necesitamos.

Un buen diagnostico de personalidad es saber el efecto que nos produce su lenguaje, sus expresiones, su presencia. Si nos sentimos sin argumentos, con miedo, acorralados, estamos ante un psicópata o un narciso patológico. En este caso, el gobierno progresista, formado por progresistas con la patente que los coloca del lado bueno, limpio, ideal, del lado honesto de la historia, con programas sociales, con su correspondiente necrofilia, con una buena limpieza de nombres de calles de aquellos indeseables, culpables, para colocar sus los buenos. Todo esto forma parte del progresismo -que no del progreso-. Hacer una historia que confirme su superioridad moral que se adjudican en su totalidad. De tal manera que yo y mis conciudadanos quedamos en el lado de los que se hace necesario colocar un cinturón, o algo que nos diferencie, como que somos de la derechona y otros epítetos menos inocentes. Es el truco perverso de siempre, los herejes, los infieles, que desencadenaron fuerzas sociales tremendas o los traidores de clase que acabaron en el paredón.

Ha sido difícil llegar a pactos porque martillean cada día sembrando diferencias, descalificaciones, en los procesos electorales, antes y después. No pueden pactar con la derechona y es natural, le falta esa superioridad de narcisista patológico que deviene en superioridad moral.  Tenemos una pareja con amor interesado. Ambos dan un braguetazo.

Elecciones como solución

Ahora otras elecciones y después otras en las que se va a volver a recordar que hay buenos y malos y a dividirnos, a enfrentarnos. Por tanto, se está tratando una enfermedad con una chapuza: elecciones. Pasan los días dividiendo, descalificando, ninguneando, y en algunas cadenas de televisión azuzando la división. A su cerebro, como el del Quijote, no le importa que puedan ser ovejas o molinos; sus lecturas, su credo de izquierdas, necesita que sean sarracenos y gigantes. El Quijote en su omnipotencia y en su intoxicación libresca, no podía si no inventarse enemigos de su talla. Es lo toxicómano de algunas ideologías.

En esta labor de zapa para tenernos fragmentados se dan los resultados electorales que sabemos. Yo diría que es un azuce perverso, una necesidad como aquel heroico caballero de defender sus ideales, sin ver la realidad que necesitamos, solo la que sale de su ideología. Todos sabemos que están en este corral de pueblo jugando a las cartas-escaños, mientras ocurren cosas que nos alejan de las tareas que tenemos por delante y frenan nuestro desarrollo como Pueblo. Es el resultado de este cerebro del que somos portadores: un conjunto de experimentos evolutivos primitivos conservados, de chapuzas, atajos y arcaísmos tendientes a eludir la complejidad y tirar adelante necesitamos trazos gruesos, definir los enemigos, permanecer viendo o sintiendo que estamos en la verdad y otras características que he descrito en artículos anteriores. Christian Salmón: “Una sociedad pilotada por medias verdades va directa al abismo”. Ha habido muchas en esta campaña electoral, se han creado historias a medida. “Ahora España” por ahora con los independentistas.

Los progresistas de Nicaragua ocuparon el poder y crean un estado de represión y de agresiones del gobierno a la población. Otro progresista en Colombia fragmentada como aquí de buenos y malos. Ecuador ha estallado también ante la política progresista de los gobiernos de izquierda; Cuba, Venezuela, modelo para algunos de nuestros jóvenes progresistas, que han contribuido para llevar el “progreso” a las naciones mentadas.


José Antonio Rodríguez Piedrabuena 
Especialista en Psiquiatría y Psicoanálisis

Repetición (y II): La cara B

¿Otro artículo sobre debates electorales en televisión? ¿Otro artículo más sobre los seis debates retransmitidos, dos de RTVE, dos de la Sexta, uno de TVE-3 y uno, el primero en celebrarse, de Barcelona Tribuna-La Vanguardia? Eso querría leerlo yo, dirá alguno, más que verlos (como dieta para una sola semana es de gravosa digestión).

Pero, ¿un artículo sobre esos debates televisivos después de las elecciones mismas, luego de una campaña electoral correosa y una noche electoral amarga para casi todos? Se corre un serio riesgo de que la atención se haya ido irremisiblemente a otro capítulo de la inacabable serie política, no menos dramática, pero forzosamente más sosegada, sólo sea por agotamiento. O bien que el gusto estragado por tanto análisis a posteriori no quiera saber más de candidatos y partidos durante algún tiempo.

Sin embargo, a beneficio de inventario, y con la ventaja de mirar atrás y en perspectiva a un objeto todavía cercano, aparece con más nitidez la impronta de varias lecciones prácticas, de algún pequeño progreso, de ciertas posibilidades dignas de explotarse. Ya hay periodistas, justo es decirlo, profesionales de la televisión, que han sacado conclusiones al respecto.

Una cuestión de formatos

Diría que si una cosa ha quedado patente es que el formato del debate ha de garantizar buena conducta, un comportamiento presentable, ya que no irreprochable, de parte de los políticos que intervienen. ¿Qué significa esto y cómo se consigue?

Estos espacios televisivos no funcionan como correccionales ni son guarderías de menores, pero tampoco pueden responder al modelo populista (por usar la palabra por una vez con propiedad) que induce al conflicto como forma de espectáculo inacabable, inextinguible, cual es el caso de buena parte de la programación de Tele 5 (donde pueden verse cosas como “Gran Hermano 7: el Debate”, no se olvide).

En realidad, el formato de debate se ve generalmente escindido, y así lo sienten los periodistas, entre el deseo de un intercambio dialéctico vivo y reñido, que puede lindar con la acritud y la demagogia, y la exigencia de rigor en lo que se dice. Y lo común es que una cosa vaya en detrimento de la otra. No perder la fe en que ambos extremos son compatibles y que los mejores debates se producen cuando se combinan los dos tiene que ser la clave guía.

Todo esto viene a cuento de lo observado esta semana: la contraposición entre debates supuestamente más “sueltos” que corrían, y caían, en el riesgo de degenerar, de volverse monotemáticos (sobre Cataluña) y maleducados, y debates en los que un formato más riguroso, más “vigilado” forzó a los participantes a no salirse de la calzada, a no acabar en la cuneta, a no pasarse al carril contrario y arrollar al que viene de frente respetando las normas. Este fue el caso del debate sólo de mujeres en La Sexta el jueves, 7 de noviembre, y en la mesa redonda posterior dirigida por Antonio García Ferreras, los periodistas fueron bien conscientes de esa ventaja.

La diferencia puede parecer superficial para un espectador no avezado, pero también puede ser considerable. Pongamos por caso el primer debate de TVE, donde la obsesión del moderador (y moderado) Xabier Fuertes por “favorecer el debate” y que fluyera espontáneamente se vio ensombrecida por momentos en los que no es que se entrecruzaran opiniones, sino que se superponían voces, anulando al orador en el uso legítimo de la palabra.

En estos casos, los de peores modos, los más reduccionistas y obsesivos se imponen a los más corteses, que parecen, sin más, apocados (véase la diferencia entre Cayetana Álvarez de Toledo e Inés Arrimadas frente a Irene Montero y Adriana Lastra en ese mismo debate de RTVE).

Aquí topamos con un problema grande en la vida pública española. A saber, lo de siempre: están por un lado las reglas y, por otro, la forma de hacer caso omiso de ellas. Si la manera habitual de conducirse se decanta más por romperlas que por respetarlas, el resultado final es que todo se degrada y los aprovechados hacen su agosto. Ergo, lo que se penaliza, al final, es respetar las reglas.

Por eso mismo, hay que garantizar la igualdad de oportunidades. De nada sirve darse pisto con la excelencia técnica de que el tiempo lo controlan árbitros deportivos profesionales (así se recalcó en el primer debate de RTVE y en el de la Sexta Noche conducido por Iñaki López) si no hay garantía de que se puede jugar limpio sin temor a embestidas antirreglamentarias del contrario.

No estaría de más, cabría añadir, y dicho sea con ironía, que los periodistas fueran los primeros en predicar con el ejemplo. Antes de embarrarse, el debate de La Sexta Noche pareció más civilizado precisamente por comparación con el que le había parecido, el habitual de los sábados noche, con sus enfrentamientos, muy poco edificantes, entre plumíferos de opuesto signo (más de exclamación que de admiración). Lo cual nos lleva a la melancólica interrogación de si no estará el espacio público más contaminado todavía por la mala sangre que corre en los medios que por la bilis de los profesionales de la política.

Efectos secundarios

Pero hay un efecto añadido que no cabe olvidar. Cuando los debates se concentran en las obsesiones de campaña, el resto (de las cuestiones, de los intereses, de los puntos programáticos) queda relegado de tal modo que sólo se cita impostadamente como recetario, como lista de la compra, como añadido. Los políticos han de aprender que cada cosa tiene su importancia, y los periodistas deben no sólo recordárselo, sino apremiarles a discutirla a su tiempo. Y eso es más fácil en un formato por bloques.

Se dirá que todos lo son, pero no es lo mismo un debate nominalmente temático que otro en el que el moderador obliga a ceñirse al tema e interroga con precisión.

Así se obliga (recalco esto) a centrarse en asuntos específicos, a ofrecer propuestas factibles. Valga un ejemplo, el de Ana Pastor (la periodista) preguntando por medidas precisas para combatir el cambio climático. Dado que Vox no parece creer en el fenómeno, Rocío Monasterio se puso en evidencia.

Saber estar y estar sin saber

Con la cautela como norma, pero no como límite, los candidatos han de saber con claridad qué quieren sacar de un debate y cómo lograrlo. ¿Comunicar directamente con sus electores, batir al adversario, ser protagonistas, para bien o para mal?

Ser protagonista del debate no significa ganarlo, signifique esto lo que signifique, sobre todo si se genera más rechazo que adhesión.

Este sigue siendo el problema de Cayetana Álvarez de Toledo, y no se resume en dar la impresión de ser aún más arrogante que agresiva. Se cifra, antes bien, en que su retórica es básicamente de oposición, más que propositiva, de aspirante al gobierno, como si estuviera en un debate a cara de perro en el Parlamento. Pero también es un problema de competencia. Si se ataca al PSOE no se puede hacer sólo con palabras gruesas, se han de respaldar estas con datos y nombres y fechas y casos.

Es llamativo que Iván Espinosa de los Monteros diera una impresión mucho más “profesional” por esa precisión a la hora de ofrecer datos y porcentajes (levantando gestualmente, ya es curioso, sólo la mano derecha). En general, los oradores de Vox se adaptaron a los diversos formatos para sacarles su mejor partido, no corrieron los riesgos de sus colegas de la derecha, y ensayaron otros comportamientos, de modo que aparecieron antes como ofendidos agraviados que como agresivos desaforados (salvo, tal vez, en el caso de Ortega Smith). Hablo de las formas, no del fondo.

No puedo dejar de citar el ejemplo más virtuoso en su forma de explicarse, de hacer tangibles las medidas de un programa, de aceptar culpas generales en lugar de echarlas sobre los demás, de perseguir una retórica constructiva y un objetivo de gobernabilidad (en nombre, oh paradoja, de un partido que sólo se presenta en tres provincias).

Es Aitor Esteban, del PNV. ¡Aitor for President, Esteban a La Moncloa! Habrá quien diga que es más por viejo que por diablo, que su preocupación es sólo la de la “agenda vasca”, pero su técnica de “compartir” con el espectador y mantener el tipo y las formas sin desdeñar alguna vez la contundencia (como en sus agarradas con los representantes de Vox), merece estudiarse con atención.

Ideología como retórica

Sería una broma afirmar que ha habido algo así como debate “ideológico” o verdadera confrontación de ideas, esa que suele reclamar ejemplarmente Ignacio Urquizu. Pero la retórica “ideológica”, aunque sea de modo conceptualmente extraviado, no podía estar ausente.

Es hasta sintomático que la palabra que brillara por su ausencia, la favorita de estos últimos años, fuese “populista”, y en cambio haya regresado con vigor el término “comunista”. Acaso sea así porque de haber menudeado “populista”, se habría tenido que emplear para referirse a Vox.

Ya nos referimos a la variedad conservadora angloamericana de algunas fórmulas de Vox. Súmese a ello que Monasterio parafraseó la célebre alocución de Margaret Thatcher en su entrada en Downing Street en 1979, basada en una plegaria de San Francisco de Asís.

Hombres y mujeres

La insistencia en la necesaria paridad en la composición de las listas electorales, la búsqueda de la igualdad entre hombres y mujeres de modo que estas no puedan estar ausentes de ningún espacio político hizo que, por defecto, el debate principal, el del lunes, 4 de noviembre en la Academia de la Televisión, pareciera de partida, intolerablemente masculino. Es indicio a la vez de progreso, porque no podemos dejar de sentirlo así, y de regresión

La foto de los cinco hombres, más jóvenes que viejos (según las convenciones hoy en boga), muñequitos de traje, de chaqueta sin corbata o corbata sin chaqueta, bien plantados y agresivos, bordeaba lo estremecedor o lo ridículo, como ese Equipo “E”, debidamente caricaturizado en la Red por el “deepfake” de Face to Fake (https://www.youtube.com/watch?v=dj5M4s-cdAw).

Y es que se sumó, por cierto, un efecto “estético” contraproducente. Todos los lideres tienen menos de cincuenta años, no hay candidatos calvos, barrigones o provectos. Tienen todos buena facha y todos resultan, vistos en conjunto, más amenazantes que empáticos. No son ninguna “manada”, claro, pero piensen en un debate en el que los participantes fueran, es un suponer, Rajoy, Iceta, Girauta, Lllamazares y Vidal Quadras. Nos habría parecido también insoportablemente masculino, pero acaso no tan tóxico.

De ahí que la iniciativa de La Sexta, de contrarrestar, ya que no contraprogramar, con un debate sólo de mujeres resultase tan acertada, tanto más cuando resultó el debate más ordenado y límpido.

Se trata de algo que tienen que arreglar la sociedad y la política, algo para lo que la televisión no tiene remedio, sólo alivio. Pero mientras siga habiendo, por defecto, debates sólo de hombres, habrá que compensarlos con debates sólo de mujeres, aunque ambas cosas resulten, al fin y a la postre, raras.

Comprobar, contrastar, desmentir

Si creemos, además, que la última palabra es la del votante, es imprescindible que la de los políticos sea sometida a examen por una instancia fiable, también después de los debates electorales. Es buena noticia que se haya convertido en corolario del debate la labor de comprobar, contrastar y desmentir las afirmaciones, falacias o hipérboles con lo que se conoce como “fact-checking”. Iniciativas como https://maldita.es/ o Newtral – Periodismo, fact-cheking, tecnología y datos no pueden ser más bienvenidas.

Sólo que, así como hay ya un Defensor del Espectador en muchas cadenas, estos departamentos deberían existir en todas, empezando por aquellas de titularidad pública.

Y por último….

¿A qué género pertenece los debates televisivos? En ningún lugar está escrito que tengan que ser amenos y, mucho menos, divertidos (aunque conviene atenderlos con un descomunal sentido del humor). A diferencia de su prima hermana, la noche electoral, más dinámica y emocionante (si bien más frustrante en potencia), las demandas que se hacen al debate electoral no siempre se condicen con lo que el medio televisivo pide.

Pero no hay que resignarse a que todo sea tierra quemada. Se puede sembrar esperando que algo crezca. Puesto que los debates son necesarios, deben ser claros e instructivos, deben ser educados e instruidos por parte de los oradores en liza. No perdamos de vista que se han vuelto más frecuentes, más plurales y quizás más rigurosos. Son mejorables, dicho sea no como expresión de buenos deseos sino como posibilidad ya realizable técnica, periodística y políticamente. Y quien no (los) mejore quedará en evidencia.

Artículo relacionado: Repetición (I): La cara A

Pablo Carbajosa

Responsable del Área de Oratoria de Proa Comunicación

Las elecciones, primera parte

Nuestro cerebro no ha sido construido para nosotros, viene de una serie de éxitos adaptativos conservados, módulos, partes, sistemas que vienen de muy atrás en la evolución, lo que explica porqué somos como somos. Es más, la estructura de nuestro cerebro es común a todos los animales que tienen vertebras. No podemos ser tan ingenuos que todo ese conjunto de características heredadas dentro de la estructura anatómica y funcional común a todos los animales con cráneo no vayan a participar en lo que somos. No tenemos argumentos para negar que somos animales. Los gusanos planos en el fondo del mar ya habían inventado las neuronas, este sistema les servía para coordinar acciones.

Somos una historia que se remonta a 550 millones de años de evolución de los componentes del sistema nervioso.

El cerebro es un todo, una unidad inseparable: Cerebro, cuerpo y ambiente, presente y pasado, familiar y ancestral, funcionando en sus tres dominios en una interacción instantánea y constante, absolutamente inseparable. Dentro de este conjunto se produce la mente, aunque no sabemos el cómo.

El cerebro es predictivo, anticipa: Toma medidas en base a sus predicciones de movimientos desde los sentidos y desde la mente. Pero con este cerebro común a todos los que tienen cráneo, nuestras predicciones y las suyas, se suelen limitar a lo que tenemos delante de las narices, al presente. Aquellos homínidos de hace dos millones de años, o un millón, o cuarenta mil años, estaban apremiados, urgidos, acosados por el día a día, llenos de peligros, inclemencias, y con una esperanza de vida cortísima. Ese cerebro se quedó y está en el nuestro actual. Esa falta de capacidad predictiva está detrás de todos los adictos, de las propuestas electorales para esta campaña, de la falta de predicción de futuro de los sedentarios, de los fanáticos, de los desajustados. No oímos hablar a nuestros políticos de la educación que habrá que hacer para los retos que nos esperan, ni del cambio climático, ni de hacer, como en cualquier empresa una auditoría sobre el funcionamiento de la burocracia, para que sea barata, eficiente, tecnificada y para facilitar la vida del ciudadano. Ellos y nosotros viendo y analizando desde nuestros grupos de pertenencia tan limitados todos circulando por la noche con las luces cortas de esta legislatura, de nuestra ideología y de nuestra pertenencia.

Cada cerebro que hace predicciones estará influido por otros cerebros y él a su vez influirá en otros

Principio explotado por el marketing con “el nuevo formato, el nuevo modelo, la última generación, proyecto progresista”. Vivimos con automatismos y representaciones internas que van a ser las guías de nuestras decisiones

Necesidad de interpretar la realidad con trazos gruesos para poder decidir en aquel ambiente de depredación o de oportunidades efímeras había que agarrarlas sin dilación. Y con el añadido de que los sentidos no ofrecen una lectura literal del mundo, porque el cerebro interpreta según contenidos almacenados, buscando que coincidan para ahorrar energía. Mantenemos mediante todos los mecanismos de defensa nuestra construcción personal del mundo, nuestra identidad, creencias, fobias y filias. Desde el principio de la evolución se crearon cerebros que debían decidir entre blanco y negro; entretenerse en detalles podía costar la vida y lo hemos conservado en la mente actual. Ven el porqué los simplismos, las mentiras, los bulos, las descalificaciones, los de izquierdas y de derechas, los poderosos que tanto le fascinan a algún político frustrado porque no ha podido alcanzar el cielo, lo de fachas, o los bancos y el capitalismo. Toda esa amalgama nos ha acompañado desde el principio de la civilización hasta ahora y todo este arsenal de emociones de las cavernas se utilizan como armas destructoras de la convivencia y contra la comprensión profunda y verdadera de los hechos.

Esto nos ha lastrado, porque esta necesidad biológica, pasada a nuestra psicología, nos coloca en situación de simplificar, de eliminar matices buenos y malos. Con muy poco interés ni capacidad para lo complejo que impedía decisiones rápidas. Un mitin debía durar unas horas en que el partido explicara su programa, esto no se hace porque no tenemos capacidad mental, ni interés, ni ganas de saberlo. Estamos emocionalmente en las cuevas de Altamira, y aquellos necesitaban cosas simples para salir a vivir. Los cambios en la naturaleza, en los cerebros necesitan millones de años para producirse, los genes no votan a ningún partido y en esto siguen engañándonos los progresistas. Actitud emocional básica, ya lo hemos dicho como deficiencia perfectamente explotada por demagogos, eslóganes, propuestas políticas, persecuciones y exclusiones. Que tienen éxito porque tenemos dentro resúmenes simplificados que utilizamos para todo, entre otros sobre nosotros mismos y el mundo en derredor. Estos resúmenes el cerebro los hace comparar con lo nuevo que se le presenta con la intención de que coincidan y no sea necesario cambiar de opinión ni de postura: ¡Esto ya me lo sé! ¡Si yo ya sabía que! Estamos programados para ser paranóicos, ¿Dónde has dejado mis calcetines? Crea un enemigo exterior y te seguirán. “¡La sociedad me ha…! En mi casa siempre votamos a…” “votaré a tal asta que me muera”. Trata de endilgar las culpas fuera y estimula nuestras simplicidades y te votaremos. Influenciados por simplezas y por encontrar a los culpables de… “Los incendios de Canarias ha sido culpa del capitalismo”, una manera “cabrona” de destruir y faltar a la verdad, pero explicable por lo que estoy narrando.

El cerebro busca contrastes que le den un trazo grueso de lo simple, pues lo complejo no permite decisiones rápidas y se evade de aquello que requiere un tiempo en el que la espera puede ser un peligro añadido al exigir un trabajo mental costoso en términos de energía.

La creación de grandes categorías del funcionar mediante el pensamiento dual…, se quedó con nosotros. Así ya tenemos las bases de la propaganda electoral, que nunca será la exposición detallada de programas porque los humanos no se concentrarían en estudiarlos; y, por lo demás, la política ha de tener las características emocionales de la religión. Véase Corea del Norte y el empeño de los comunistas actuales por llegar a algo parecido, porque Fidel, Maduro y el resto de la peña se han quedado a medias.


José Antonio Rodríguez Piedrabuena 
Especialista en Psiquiatría y Psicoanálisis

Los tiempos siguen cambiando

La aceleración que ha contagiado nuestras vidas ha llegado también a los ciclos políticos. Un mes en el siglo XXI es mucho más que un año del siglo XX, y un año equivale a una década. Cuando la moción de censura que llevó al gobierno a Pedro Sánchez de la mano de un grupo heterogéneo de socios nos parece parte de la historia, la foto que sale del 26 de mayo deja antigua, en muy poco tiempo, la instantánea de los resultados electorales del pasado 28 de abril.

Hace menos de un mes, el PSOE lograba una mayoría parlamentaria amplia aunque débil, Vox había entrado con una fuerza inusitada en el panorama político español y Ciudadanos reivindicaba un lugar en la mesa de los mayores, y muchos se precipitaban en proclamar a Rivera el líder de la oposición. Poco queda de todo aquello, los resultados electorales de ayer vuelven a dibujar un mapa político que pocos se atrevían a vaticinar hace menos de un mes.

El cambio más llamativo está relacionado con el Partido Popular, al que muchos se precipitaron a enterrar en abril. En un mes el Partido Popular ha mejorado entre 4 y 6 puntos en porcentaje del voto (entre 400.000 y un millón de votos más en europeas y municipales), superando en ambas la simbólica barrera del 20%. A pesar de obtener un resultado peor que el de 2015, con más de 20.000 concejales en toda España, el PP está en condiciones de alcanzar el gobierno en más capitales de provincia (23), y en más ciudades importantes (45 de más de 50.000 habitantes), incluida la Comunidad de Madrid y la capital de España. Además, tienen el gobierno a golpe de pacto en cuatro comunidades autónomas (que se sumarían a Galicia y a Andalucía), casi la mitad de la población española, y tiene el Gobierno de Navarra al alcance de la abstención socialista, gracias a su unión con Ciudadanos y UPN.

Las elecciones de este domingo ponen de manifiesto que la única alternativa al PSOE en toda España es el Partido Popular. La diferencia con Ciudadanos es de entre 2 y 3 millones de votos (según que elección de ámbito nacional queramos escoger). Vox ha perdido entre la mitad y dos tercios de sus votos y el PP es la alternativa de gobierno al PSOE en todas las provincias y en todas las capitales de provincia de España.

Más allá de mantener el poder territorial estos resultados tienen una consecuencia estratégica esencial, al poner a Ciudadanos en una encrucijada estratégica que puede determinar su futuro político: volver a convertirse en un partido bisagra, que pone y quita gobiernos o, a pesar de los resultados, seguir trabajando para liderar la oposición, aunque sea dentro de cuatro años.

Pero, no lo duden, en los próximos meses todo puede volver a cambiar.



Rafa Rubio 
Experto en comunicación política

Dobles en tierra quemada

Situados en un punto intermedio, pero impreciso (y al parecer, móvil) entre el debate parlamentario y el mitin de partido, los debates televisivos han menudeado acrecentándose en múltiplos de dos: dos han sido los debates de los números uno, dos los debates de otros candidatos (por Barcelona, por ejemplo, en RTVE y TV3), los debates entre dos han sido entre cuatro,  o entre seis, y hasta el propio año electoral parece una cita a doble vuelta entre el 28 de abril y el 26 de mayo.

Ha habido debates a pares, sí, y a nones también, por los noes (y los “no es no”), las negaciones, la negatividad, las exclusiones. Ha habido debates, o momentos en los debates, que parecían propios de partidos de dobles entre izquierdas y derechas. De tenis, quizás (aunque sin ahorrar raquetazos a la pareja), sólo que no en tierra batida. Por la acumulación de bilis, por la energía mal dirigida, inquina verdadera o fingida, mala educación y prepotencia, parecían, antes bien, dobles en tierra quemada. No desdeño la palabra inglesa que, con mueca de disgusto que se le asemejaba, le oí a un profesor británico para resumirme lo que habían sido: nasty.

Pues, con toda la expectación que provocaban, la experiencia ha abocado a una paradoja decepcionante: cuanto más necesarios parecen, más saturados y estragados quedamos una vez concluidos. La peregrina sugerencia, recalcada por Pablo Iglesias, de que los debates electorales deben ser obligados y estar regulados por ley es un síntoma de esa peculiaridad tan hispana de querer resolver por vía jurídica con letra pequeña lo que debería pertenecer al espíritu vivificante de la palestra democrática.

Si de veras es tan perentoria esa demanda de debatir, ese espíritu no puede corporeizarse únicamente en prebostes de partido que acuden ritual o rutinariamente una noche cualquiera de campaña a un estudio de televisión a decirse de todo y más, sino en exigencias sobre las que no se puede legislar, pero que constituyen un mínimo cívico. En pocas palabras: no se deberían tolerar faltas que en otra forma de intercambio público servirían para dar por concluido el acto.

Pero si los encontronazos han sido tan broncos se debe a que constituyen una expresión muy pura de algo tan sumamente turbio como difundido: los modos destructivos de la dialéctica (es un decir) política española. Concebidos asimismo como estrategia, o eso parece, el tremendismo y la estridencia quieren conquistar el campo de juego, pero ¿lo han conseguido? Nótese que responder sencillamente sí o no se antoja muy ambiguo.

El campo de la discusión pública está sectarizado, y lo está en los medios, tanto o más, que en la propia política, de forma que no sólo se trasladan esas maneras a los platós televisivos, sino que, como en un bucle, tienen su continuidad en los medios mismos Por consiguiente, en vez de que el tono unánime de la prensa sea de repugnancia, cada cual está más pendiente de que salgan con bien sus patrocinados para poder declararlos algo así como victoriosos. Y a veces, se ha visto, en contraste acusado con el parecer de los especialistas.

De ahí que haya sido tan frecuente la comparación con los espacios televisivos de “vísceras”, más Mediaset que Atresmedia. O que se asemejaran a chillar en una discoteca con la música al máximo.

Ahora bien, en una sociedad hipertecnológica, la solución más rápida parece siempre la más eficiente. Sin embargo, aplicada al cuerpo social, esta receta no funciona así. Sería tanto como hacer equivalente la conmoción al convencimiento, salvo que no se persuade a puñetazos, ni siquiera dialécticos. De modo que algunos han obrado como los generales aliados en la Primera Guerra Mundial, en la confianza de que un bombardeo de saturación aniquila al enemigo para permitir avanzar en tierra de nadie. Sólo que éste queda cómodamente agazapado y no tarda en responder con fuego de ametralladora: menos contundente, pero más mortífero. Y de este modo no se ocupan trincheras, ni siquiera cuerpo a cuerpo.

Por contraposición, aventurarse a renunciar a esas formas, como hizo Pablo Iglesias en su segundo debate, era correr el riesgo de caer en la irrelevancia, al querer hacer ejemplo del contraejemplo. Y adviértase que para ello tuvo incluso que suplir a los moderadores en sus reprimendas. Fue otro rasgo llamativo: los moderadores estaban tan desnortados  en un medio ambiente tan recalentado, y tan ansiosos de que los contendientes no se sintieran ceñidos por ningún corsé de cortesía, que los debates acabaron por desmandarse. Es revelador que no recibieran luego los reproches que se le dedicaron a Manuel Campo Vidal en ocasiones parecidas en 2015 y 2016.

Añadamos que entre lo más insólito ha estado el hecho de tener dos debates en días sucesivos entre los primeros espadas de los cuatro principales grupos parlamentarios, y que ello se debiera, sobre todo, a una carambola, fruto involuntario de una decisión razonable de la Junta Electoral Central: dejar fuera a Vox en el debate previsto en Atresmedia. Razonable, no ya para el criterio técnico de carecer de representación parlamentaria, sino por el agravio comparativo con otros que sí la tenían. Con ello quedaba castigado el oportunismo de Pedro Sánchez, que se acogía a las virtudes de la televisión público sólo cuando no salía a su gusto la combinatoria de las privadas. A la fuerza ahorcan: hubo de acudir, no tenía otra, a ambas convocatorias, y eso influyó en su conservadurismo estratégico en la forma de debatir, y en sus malos modos.

No menos extravagante fue poder asistir a un debate en el que dos candidatas atacaban sañudamente y en primer lugar….¡al moderador!, impugnando, no su papel en el debate sino su cargo mismo, ¡y entregándole incluso su carta de dimisión ya redactada! Sucedió en Barcelona, con Inés Arrimadas y Cayetana Álvarez de Toledo frente a Vicent Sanchis, director de TV3. Era legítimo y acaso obligado pedir que Sanchis no moderase el debate, por estar procesado y reprobado parlamentariamente, como si la emisora no tuviera, además, otros  periodistas. Y no hay que descartar que Sanchis se sirviera del debate para realzar un perfil muy cuestionado. Pero una vez que se aceptan, hay que acomodarse a las reglas del guión.

Y oh paradoja, ahí va otra: el vicio político de abundar en falsedades sin rebozo, tan descarnadas y frecuentes en los debates de este año, ha estimulado en los medios informativos los grupos de fact-checkers, comprobadores de la veracidad de los datos (de El objetivo de la Sexta a La Vanguardia, por mencionar los más sobresalientes).

Con todo, ofrecer estas admoniciones político-morales no es óbice para administrar a la vez algunos consejos de índole decididamente técnica. Y es que la perplejidad personal no se limita en este caso al manido “qué políticos tenemos” (con signos, no de admiración, de resignación más bien) sino a un interrogativo y asombrado: “pero, ¿qué asesores son estos que tienen?”

En primer lugar, se hace patente un problema objetivo: aumentar el número de contendientes en un mar de indecisos supone que el candidato no sólo ha de persuadir, sino que debe empezar por buscar a su votante en esa masa ingente, lo mismo que el votante su opción. Y hay que imaginar estrategias al efecto para sobresalir sin carbonizar el debate.

Segundo, asombra que la última alocución de cada debate, el llamado, “minuto de oro”, que ha de ser resonante y para acabar en alto, haya sido tan mal utilizada.  Los símiles retóricos que aspiran a ser unívocamente memorables, de un modo simplón, y más impostados que vividos por actores poco naturales – la “niña” de Rajoy, el “¿escuchan el silencio?” de Rivera- pueden acabar bordeando el ridículo y son carne de meme. El mensaje entrecortado por el apremio de asestar los últimos varazos, como le sucedió a Casado, tampoco es precisamente recomendable. Ese minuto debe estar tan ensayado que ni siquiera lo parezca, debe prescindir de papeles, de cualquier distracción. Ha de ser resuelto, impecable, inevitable en el mejor sentido.

Tercero, igualmente llamativo ha resultado el uso y abuso de los llamados “elementos visuales” -fotos enmarcadas, tesis doctorales, libros, rollos de papel, gráficos y estadísticas sin fuente acreditada- que han salpicado el desarrollo de los debates de modo extemporáneo: recurrir a cualquier cosa que pueda caber en la mano, o en el exiguo atril (y era increíble que cupieran tantas). También han sido justo objeto de ridículo.

Todo lo cual lleva a concluir que, mañas dialécticas aparte, los debates precisan de una oratoria más profesional, pero sin las vacuidades retóricas a las que estamos, desgraciadamente, acostumbrados. Se debe entender que los debates pueden ser la ocasión de presentar alguna fórmula ideológica bien encarnada por el que pretende ser “líder”, pero hay que idear una estrategia consistente y persistir en formas constructivas: los modos virtuosos parecen inicialmente más endebles, pero si arraigan son más sólidos

Indiquemos para terminar que, si bien este análisis está en lo substancial meditado antes de conocer el resultado de las generales, invito al lector a que considere en qué medida la forma de proceder en ellos de los líderes políticos ha influido en sus respectivos resultados.

Y es que esto es sólo el fin del primer acto. Los debates del segundo, a buen seguro, podrán serán menos ásperos, mas no necesariamente mejores. Veremos.


                   

Pablo Carbajosa 

Responsable del Área de Oratoria de Proa Comunicación y coordinador del Club de Debate de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid