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Proa Comunicación y Deusto Business School organizan un almuerzo de liderazgo con Olga Cuenca

Top Comunicación, el portal líder en el sector de la comunicación, se ha hecho eco de la intervención de Olga Cuenca, ex presidenta de Llorente y Cuenca, en los Almuerzos de Liderazgo organizado por Proa Comunicación en Deusto Business School, en la que habló de su trayectoria profesional.

“El secreto del éxito es trabajo duro, formación continua y estar con otros, no encerrarte, negociar, compartir puntos de vista”, resumió Olga Cuenca, ahora artista bajo el heterónimo “Ty Trias”, y asesora en varias empresas, durante el evento celebrado el pasado 21 de octubre. Lo dijo en respuesta a la pregunta de uno de los directivos que asistieron al encuentro, tras resumir su trayectoria profesional una vez presentada por Iñaki Ortega, director de Deusto Business School en Madrid, y Lucía Casanueva, socia directora de Proa Comunicación junto a Valvanuz Serna.

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Presencia y estética

Cuando yo empecé a hacer coaching hace 15 años en España el problema era que nadie sabía lo que era el coaching. Por no saber no sabían ni pronunciar esta palabra anglosajona que tiene su origen en los entrenadores deportivos. Ahora el problema que me encuentro es que todo el mundo ya ha hecho coaching, como si fuese una tarea más que tachar en una lista de la que fardar.

Íntimamente ligada está nuestra definición de lo que es liderazgo. Puesto que, si ser un buen líder consiste en tener la nota más alta sobre una lista de comportamientos o habilidades definidos por la empresa, entonces el coaching se convierte en un servicio que sirve para aumentar la nota de evaluación de estos comportamientos. ¿Cómo? Pues como sea, si atendemos a la coach de ficción de la serie “Billions”. ¡Da miedito la señora!

Las películas de indios y vaqueros de siempre muestran muchas referencias a las cosas raras de los indios que iban en taparrabos y eran primitivos. Ellos no querían papeles escritos para justificar si la tierra era de unos o de otros, y no medían la fuerza de un hombre por el tamaño de su pistola. Lo que parecía ignorancia a ojos de los vaqueros era, sin embargo, otra forma más auténtica de medir el liderazgo de una persona. Para ellos el liderazgo era presencia.

Y claro, ahogados como estamos en la locura colectiva del presentismo híper-conectado, nos cuesta horrores imaginar lo que quieren decir algunos viejos sabios cuando hablan de estar realmente presente en las conversaciones. Instintivamente, sin embargo, es muy fácil distinguir a una persona presente de una que no lo está, puesto que la presencia no se entiende, se siente: Una mirada serena y cálida, y no una mirada furtiva – que probablemente se dirige al móvil o al reloj de pulsera vibrando con alertas de lo que ocurre en el móvil -.

Sentimos claramente cuando estamos ante alguien que no esconde nada sobre su forma de ser, mientras otros se esfuerzan en impresionarnos para esconder lo que no quieren que sepamos. El líder realmente presente transmite quietud, confianza y ganas de crecer constantemente, mientras otros generan incertidumbre y nerviosismo. Bailan más rápido que la música, como dicen en francés – “plus vite que la musique” -. Sentimos como el líder presente nos ayuda a sacar lo mejor de nosotros mismos, mientras que los otros nos exprimen a nuestro máximo rendimiento hasta desgastarnos completamente.

Pero llegar a ser un líder presente requiere un camino muy largo de coaching, auto-exploración, reposo, y luego más coaching. El foco del esfuerzo nunca es una serie de medidas externas o una lista de logros de la que fardar, sino el interior, o como dijo Carl Jung, “los que miran hacia fuera sueñan; los que miran hacia dentro despiertan”. Para poder quedarnos en el presente con todo nuestro cerebro y toda nuestra energía, para pasar del presentismo a la PRE-SEN-CIA, tenemos que hacer las paces con nuestro pasado y dejar de pedirle al futuro que nos salve de él.

Lo que yo me encuentro es que una gran mayoría del coaching que se hace en las empresas es cosmético, es decir, es como poner al directivo a dieta. Mientras sigue la dieta, con su entrenador pendiente de que no se salga de los hábitos y disciplinas prescritos, su nota de evaluación mejora en las habilidades elegidas. Muy bien. El coaching termina, las evaluaciones son todas positivas. Todos contentos. El coach cobra y se va a casa más contento todavía.

Paternalismos

La dieta se ha acabado y los kilos perdidos vuelven en unas semanas: la mejora de comportamiento desaparece en cuanto se complica la vida del directivo. Y es que, claro, “la gente no cambia”. Esto es lo que yo llamo coaching cosmético. Sólo engaña al profesional de RR.HH. que soltó la pasta a cambio de una mejora en las evaluaciones.

Pero una dieta y disciplina no es una solución para perder peso, sino una medida de choque para situaciones de emergencia que difícilmente se sostiene en el tiempo porque requiere demasiado esfuerzo. Y para mí si algo requiere mucho esfuerzo es que hay un fallo de planteamiento. La pregunta interesante es por qué una persona ha perdido interés en comer sano, cuidarse y sentirse en forma. Si se encuentra la respuesta –siempre emocional e inconsciente- a esa pregunta, y se resuelve el problema de fondo, ya no hace falta auto-flagelarse con dietas y disciplinas molestas. La persona cambia su forma de comer y ejercitarse sin tener que pensarlo ni discutir consigo misma. Lo hace porque le apetece. Lo siente.

Quien dice perder peso dice comunicar mejor en público, negociar mejor los intercambios de valor en la empresa, hacerse más visible o gastar menos energía en paternalismos que nunca acaban de delegar realmente el trabajo. El cambio de comportamiento sólo es un éxito cuando la persona lo hace sin tener que pensar en ello. Cuando se ha convertido en algo instintivo, en lo normal. Cuando uno se extraña de haber perdido tantos años haciendo las cosas de esa otra manera tan complicada, y lo cuenta a todo el mundo riéndose de sí mismo. Impactando así con su transparencia y su PRE-SEN-CIA.

La gente sí cambia, señores. Y si no es así, hágase un favor a sí mismo y cambie de coach.


Pino Bethencourt 
Coach y fundadora del Club Comprometidos

Liderar sin mentiras, ¿es posible?

En nuestros tiempos el plástico lo ha invadido todo de tal manera que unos cuantos valientes – muy sufridos, hay que decirlo – presumen de vivir sin plásticos. Salen en reportajes en la televisión trabajando como tontos para no usar ni un solo envoltorio de plástico a lo largo del día. Hay que admirar su disciplina y su fervor. Pero más admirable aún sería llegar a liderar sin mentiras, ¿no os parece?

Sorprendida de cómo ha ido aumentando en estos años la cantidad de envoltorios plásticos que debo quitar de cualquier producto comprado para llegar a emplearlo o comerlo, constato que las mentiras para cubrir el expediente también han ido aumentando paulatinamente. O quizás sólo se han modernizado y escalado a una nueva dimensión gracias a la tecnología. ¿Se puede llegar a liderar empresas o países #sinmentiras en la era del #fakenews?

Hace poco una clienta me decía cómo estaba cansada y harta de tener que jugar el juego de las fotos y los eventos para mantener su reputación de ejecutiva solvente y consejera de primera. Fulanita, que así la vamos a llamar, es una mujer con una trayectoria profesional de más de treinta años en la que ha tenido que arriesgarlo todo más de una vez por mantener su integridad y ser fiel a su sentido del deber. Pero desde hace algunos años vive dividida entre la que quiere ser y la que tiene que ser. Y no es la única.

Fulanita se escapa a hacer largos viajes hasta el fin del mundo tres veces al año. Se larga de Madrid todos los fines de semana para disfrutar compulsivamente de la montaña o la playa como que no hay mañana. Su otro yo cumple con sus deberes de ejecutiva y consejera de lunes a viernes. Hasta aquí todo suena normal. El problema es que a menudo tiene que morderse la lengua en reuniones críticas por no ganarse fama de peleona. O debe sentarse a comer, sonreír y hacer conversación con otros ejecutivos o consejeros que todos conocemos por sus nepotismos, su sonrisa retorcida, sus abusos de poder o sus chapuzas interesadas.

Fulanita me cuenta que envidia lo bien que se mueve otra directiva importante, a la que llamaremos Menganita. Fulanita admira lo bien que Menganita aguanta desplantes en sus propios eventos, a los que vienen ciertos ejecutivos de moral “fluida” a robar clientes entre los invitados cuidadosamente seleccionados de Menganita. Mentirosos, negociantes que siempre barren para casa, cuyos amigos más cercanos suelen tener esa pinta tan pasada de rufianes de guante blanco, y que cuando te dan la mano te cogen un brazo y dos piernas.

Yo he presenciado a Menganita montar una bronca de órdago con un ejecutivo – lleno de títulos nobiliarios, condecoraciones de revistas empresariales y premios empresariales varios – porque le estaba tomando el pelo con esa confianza digna del que tiene la sartén cogida por el mango: “porque yo lo valgo” dicen sin pudor todos sus gestos igual que las modelos del conocido anuncio de cosméticos.

Menganita elige sus batallas. Las broncas necesarias en las que ha entrado para defender la verdad, la transparencia, la objetividad y la justicia le han salido caras. Se las han hecho pagar con salidas forzosas de puestos prestigiosos, o la pérdida de contratos jugosos. O la han ninguneado dejando de publicar ni una triste reseña sobre sus grandes logros mientras sacan un reportaje a doble página en color sobre lo estupendo que es el conde tres veces ganador del premio “Mejor de todos los mejores” de esta revista o ese periódico. Seguro que mientras me lees recuerdas a todas las fulanitas, menganitas y fluidos – con o sin títulos- de tus últimos diez años … esto no es nada raro, y tampoco es nada nuevo.

¿Qué significa ser un fake?

Para muchos este es el precio de hacer negocios. Es el precio que hay que pagar por pertenecer a ciertos grupos. No ocurre sólo en las élites. Todos los grupos humanos tienen sus pequeños secretos e intercambios ocultos. En todos se ha montado una jerarquía de poder, y en muchos, en muchísimos, esa jerarquía de poder ha recurrido al prácticas poco transparentes para mantenerse arriba durante generaciones.

Por eso es mucho más fácil vivir sin plásticos que vivir sin mentiras. Quienes osan desafiar los órdenes establecidos deben enfrentarse a todo el grupo que protege – y se beneficia – del orden establecido. No hay más que pasear por el barrio de Salamanca para escuchar en cualquier esquina el acento Chavista y contemplar cómo ese dinero sucio riega sin pudor la economía inmobiliaria de uno de los barrios más prósperos de Madrid.

¿Pero cuál es el precio que pagamos por dejarnos meter en las mentiras y contagiar por la suciedad de otros? Ese precio no es tan obvio porque no se paga en el momento. No dejamos de ganar dinero o recibir invitaciones a eventos inmediatamente. No. Seguimos jugando el juego de la mentira desdoblándonos en dos, como Fulanita. Sonreímos para la foto de portada mientras contenemos las náuseas por dentro. Náuseas que crecen año tras año, buscando sedativos que aplaquen la profunda desazón de saber que uno tiene más éxito por mentir y consentir que por lo que realmente aporta: alcohol, ansiolíticos, drogas o sexo, cualquier compulsión que apague un ratito ese sentimiento desagradable de ser un gigantesco Fake.

Ser un fake significa además vivir constantemente con el miedo a ser descubierto. Es una bola de nieve que llama a otra, y luego a otra, y uno va rodando cada vez más en una viscosidad espantosa que se le nota en la cara y se le ve en la mirada, sobre todo porque la esconde. Es un camino que nunca acaba bien. Aunque uno llegue a la tumba con tanta guarrería pudriéndole el alma, el legado físico y emocional que deja a sus herederos rezuma la misma culpa secreta. Véase la cantidad de herederos fastuosos cuyas vidas han sido tan perras que se han auto-liquidado a sí mismos sin previo aviso.

Liderar sin mentiras es para valientes. Requiere mucho coraje montarle una bronca al conde “porque yo lo valgo” y perderlo todo frente a su ejército de mentirosos y encubridores mutuos. Hacen falta corazones muy, muy grandes para cargar con el sufrimiento, las caídas en desgracia y las sutiles – ¡a veces voraces! – humillaciones que les caen a quienes cuestionan las jerarquías corruptas …

Y en un mundo dominado por Twitter, Facebook, ejércitos de bots programados para difundir bulos, o los nuevos “Deep fakes” (tecnología capaz de imitar la voz y los gestos de una personalidad pública en un vídeo diciendo o haciendo algo inimaginable), vivir sin mentiras se convierte en una desesperada aventura para tristes soñadores o locos sin donde caer muertos.

He aquí donde la poesía y los cuentos de héroes de toda la vida atrapan la política de altos vuelos y la élite ejecutiva del IBEX35 o el Forbes500. Donde todos los hombres somos iguales de nuevo. Donde nos definimos por nuestros actos y por nuestras omisiones. Más frente a nosotros mismos que frente a cualquier otro. Y donde todos, más aún los más villanos, admiramos profundamente a quienes se atrevieron a decir o hacer la verdad y sufrir las consecuencias.

Para quienes han llegado hasta aquí en este artículo y han elegido ser héroes, os dejo esta estrofa de una canción del grupo mexicano Elefantes (“Soy Así”, disponible en Youtube):

“A veces gano, a veces pierdo, pero prefiero naufragar a no salir nunca del puerto.  Y soy así, igual que tú. Quiero morir en el intento una vez más. Quiero vivir y no arrepentirme jamás. ¡Nunca más!”


Pino Bethencourt 
Coach y fundadora del Club Comprometidos

¿Te fascina el liderazgo de Juego de Tronos?

No me cuentes más. Como mujer, como coach, y como estudiosa del liderazgo desde siempre, me desconcierta esta fascinación colectiva con una serie tan violenta. Más allá de la enorme inversión en decorados históricos, estética trabajadísima, tramas originales y – no seamos inocentes – intensivo y extensivo contenido sexual, su capacidad para cautivar a ejecutivos y políticos de alto nivel intelectual es bastante irónica. Incluso algún aspirante a ministro presume de regalarle una temporada de la serie a un mandatario nacional. Dime qué series regalas y te diré quién eres, ¿no?

El problema de los modelos de liderazgo de Juego de Tronos es su enorme destructividad. Es una reducción del liderazgo a sus cualidades más resultonas, como ser el mejor guerrero, o tener una reputación y legado familiar envidiable, o tener el dinero y recursos para ganar una batalla simplemente por aplastamiento del oponente pobre sin suficientes hombres, ¡o sin dragones!

Cuando identificamos el liderazgo con el triunfalismo acabamos por votar a hombres – sí, sobre todo a hombres – como Trump, Putin, Berlusconi, Boris Johnson, o Cristina Fernández Kirchner, por citar una mujer con cualidades similares. Si ganar a toda costa, cueste lo que cueste, es lo que encumbramos, nuestros países acaban en manos de hiper-machos-alfa: cuanto más grande mejor.

StarWars, por contraste, definía otros modelos de liderazgo más nobles y mucho más amplios. Yoda, el maestro de metro veinte con piel verde y enormes orejas puntiagudas, hablaba mucho más como un coach, o un guía espiritual, que cualquiera de los consejeros mentirosos, tramposos y manipuladores de Juego de Tronos. Las aspiraciones de los protagonistas de StarWars eran menos materiales y más humanas … justicia, verdad, auto-cuestionamiento, y lo más interesante de todo para mí: el uso proporcional de la fuerza. Cuanto más grande, más pesada la caída.

Es verdad que Juego de Tronos crea personajes heroicos y nobles de corazón, luchadores, valientes e inconformistas. El problema es que luego los destruye o pervierte completamente en favor de mayores audiencias. ¡Que se lo digan a todos los pobres padres que nombraron a sus hijas Daenerys!

Simplificando muchísimo las ocho temporadas de Juego de Tronos, lo que nos ofrecen son rivalidades y competiciones sin fin hacia un único objetivo material: el trono lleno de cuchillos. Incluso la gran mayoría de heroínas de la serie son esencialmente machos alfa. Mandan porque pueden, no porque lo hayan merecido. Asumen mucho riesgo, destruyen y matan a diestro y siniestro, y bueno, prefiero ni entrar en sus preferencias sexuales, muy alejadas de la intimidad romántica o la vulnerabilidad y la entrega sin condiciones.

Vidas de indígena

Ahora recordemos las películas de Star Wars de toda la vida. Los jedis y su entrega al servicio de “la fuerza”. Su simplicidad, sus atuendos austeros y vidas de indígena aguerrido a quien no le interesa el dinero ni el poder.

«Concéntrate en el momento. Siente, no pienses, usa tu instinto» y «La muerte, parte natural de la vida es. Regocíjate por aquellos que se transforman en la Fuerza», son frases de StarWars honradas y recordadas por millones de fans, como nos recuerda este artículo de Esquire. Incluso el romanticismo evocador de «Soy prisionero del beso que nunca debiste haberme dado» nos habla de líderes que aman, sufren, se hacen vulnerables, o se entregan a una pasión que los desborda.

Son líderes que no luchan para ganar, sino para servir, mejorar las vidas de sus seguidores, y retarse a sí mismos sin fin. La competición con otros sirve más para demostrarse a uno mismo lo que aún le queda por entrenar que otra cosa. Y constantemente esta idea de la fuerza como un ente superior o inteligente que no se puede dominar o explotar para beneficio propio. Algo intangible, difícil de percibir y sólo al alcance del corazón verdaderamente noble.

En Star Wars las mujeres que lideran no se acuestan con su hermano, no engañan a su marido, no manipulan salvajemente a su hija, ni se enganchan en juegos manipulatorios y perversos con monjas envidiosas y retorcidas. ¡Las mujeres de Juego de Tronos son lo menos parecido a una mujer real que he visto en mucho tiempo!

En tiempos de guerra, invasión y conquista, los hiper-machos-alfa son muy eficientes para maximizar objetivos. Pero teniendo en cuenta que estamos intentando vivir más en paz y cargarnos menos el planeta, habría que plantearse modelos de liderazgo más emotivos, espirituales, y más cómodos con su lado femenino. Entretanto, “¡que la fuerza nos acompañe!”


Pino Bethencourt 
Coach y fundadora del Club Comprometidos

La formación en liderazgo

Pino Bethencourt, coach y fundadora del Club Comprometidos, detalla cómo debe ser la formación en liderazgo y cuál debe ser el modelo óptimo. Muchos programas de coaching y formación ejecutiva prometen resultados rápidos y visibles en el individuo, su equipo o su empresa. Pero los medios empleados para obtener este fin raramente se mantienen a largo plazo.

La reputación se construye desde dentro

Hemos escuchado hasta la saciedad que la mejor protección ante una crisis de comunicación es tener una magnífica reputación y una tupida red de apoyo. Quienes nos dedicamos al maravilloso mundo de la comunicación corporativa sabemos que conseguir esas dos cosas requiere de mucho tiempo y esfuerzo por una parte y de mucha estrategia y planificación por otra.

Se trata, por tanto, de una labor de largo recorrido que también exige actuaciones en el día a día. Para recoger los frutos de una reputación sólida es imprescindible actuar de forma intachable con cada uno de los stakeholders, empezando por nuestros propios empleados. Parafraseando al gran maestro de la comunicación interna, Pablo Gonzalo, de nada sirve decir una y otra vez que nuestros profesionales son la razón de ser de nuestra marca si no lo demostramos cada día o no nos ponemos en marcha para ayudarles a convertirse en verdaderos prescriptores de la misma.

Creo firmemente que no es posible tener una buena reputación sin unos empleados comprometidos y alineados con el propósito corporativo. Pero esto no siempre depende de su voluntad o interés. De hecho, casi nunca depende de eso. Se trata de una responsabilidad que corresponde inequívocamente al equipo de liderazgo de la empresa o institución. Así, este reto debería estar de forma permanente en el escritorio del primer ejecutivo y de los miembros del Comité de Dirección. Para ello es necesario aportar indicadores de gestión (los famosos KPIs). Comencemos, por tanto, a medir cuanto antes no sólo el nivel de engagement de los empleados a través de las encuestas de clima laboral, sino también su nivel de recomendación (NPS) y su aportación a los indicadores de reputación. Afortunadamente existen varias metodologías probadas que pueden aportar diagnósticos puntuales y estrategias de mejora continua.

Esos indicadores pueden agruparse e integrase en un cuadro de mando que sirva de ruta en la toma de decisiones y en los correspondientes planes de acción. En algunos casos esos planes requerirán de esfuerzos presupuestarios que deberían ser proporcionales al tamaño del reto. Será en ese punto cuando podamos comprobar si existe un compromiso real con la satisfacción del empleado y con la consiguiente mejora de la reputación de la marca.


 

 José María Palomares
Director de Comunicación y Relaciones Institucionales de la Universidad Europea de Madrid y presidente                          de Multinacionales por Marca España

David J. Anderson School of Management confía en Proa Comunicación para desarrollar su estrategia de comunicación en España

La David J. Anderson School of Management, con sede central en Seattle (Estados Unidos), ha confiado en Proa Comunicación para desarrollar su estrategia de comunicación en España y posicionarse como escuela de referencia en el ámbito de la mejora de las organizaciones y el desarrollo del liderazgo.

David J. Anderson es una escuela de formación que ayuda principalmente a los gerentes y responsables de las organizaciones a tomar mejores decisiones. Sus estudios se centran en el aprendizaje del llamado método Kanban, lo que incluye una serie de clases de desarrollo profesional de alto nivel para capacitar a los asistentes en el desarrollo de soluciones personalizadas que van enfocadas al aprovechamiento de las oportunidades, la efectividad del trabajo o la reducción de los riesgos. Esto da como resultado organizaciones más aptas para lograr una mayor agilidad comercial y una mejor satisfacción del cliente.

La escuela ofrece una amplia gama de cursos en gestión y desarrollo de liderazgo con conocimientos sobre planificación estratégica, marketing, gestión de productos, diseño de servicios, investigación de mercado, liderazgo, prestación de servicios, gestión de riesgos y coaching, entre otros. En cuanto al público objetivo, éste está integrado desde gerentes de departamento a directores a nivel de consejo.

David J. Anderson School of Management ha decidido abrir mercado en Europa y, para ello, ha elegido Bilbao como sede.

Proa Comunicación participa en la VII edición del programa Evoluciona

Proa Comunicación participó el viernes 8 de septiembre en el primer taller de la séptima edición del programa ‘Evoluciona, alto rendimiento femenino en entornos laborales saludables y eficientes’ organizado por FEDEPE y celebrado en la sede de Mahou-San Miguel. El taller formativo, financiado por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, e impartido por Entrenadores de Talento, se inspira en la preparación dentro del alto rendimiento deportivo. El paralelismo entre ambos mundos, deporte y empresa, permite aplicar herramientas comunes para mejorar habilidades de liderazgo como el control de la energía, la gestión del éxito o fracaso y la autoconfianza, entre otros. Leer más

Aristóteles y la comunicación

Para mejorar la comunicación de nuestras empresas quizá deberíamos remontarnos a los orígenes. Recordar los elementos identificados por Aristóteles en la Antigua Grecia: ¿Qué hace de alguien un buen comunicador? Recordemos las bases de cualquier comunicación efectiva: ethos, pathos y logos.

Ethos es esencialmente tu credibilidad. La razón por la cual la gente debería creer lo que estás diciendo. En algunos casos el ethos proviene de la jerarquía que uno ocupa dentro de una organización, aunque también es frecuente que esa credibilidad se demuestre con el dominio de alguna habilidad técnica en un área específica. También hay que transmitir de alguna manera niveles muy altos de integridad y carácter.150313_Aristóteles

Pathos consiste en conseguir una conexión emocional. La importancia y el poder de establecer vínculos emocionales. Esto tiene cada vez más importancia en las competencias que debe tener un líder empresarial en la actualidad: darle a una persona tu atención como si no hubiera otra cosa más importante, mostrar un interés genuino en el desarrollo profesional de los miembros del equipo, y demostrar entusiasmo sobre el progreso de la organización y sobre los individuos que facilitan su crecimiento. El pathos es, a la postre, el elemento más importante en la percepción del líder como un comunicador efectivo.

Pero toda la autoridad y la empatía no tendrían ningún sentido si los interlocutores no entienden de qué se les habla o cómo se ha llegado a determinadas conclusiones: el logos. A la mayoría de los directivos se les solicita algún tipo de análisis para hacer comprensibles sus decisiones. Acumular datos no es lo mismo que presentarlos con claridad.

Ethos, pathos y logos son elementos de la comunicación que se refuerzan los unos a los otros. La combinación efectiva de los tres es la forma de conseguir una comunicación óptima. Al leer los periódicos estos días de turbulencias vemos que en muchos de nuestros líderes empresariales falla alguno de estos tres elementos, por no decir los tres. Quizá, además de sumergirnos de lleno en el mundo digital, debamos releer los textos de Aristóteles.

Lucía Casanueva