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El estado del malestar

Escribí aquí mismo que la sociedad y la política no cambiarían a pesar del impacto del COVID-19. Y esta teoría parece confirmarse. La sociedad no quiere mirarse de frente. Cada uno de nosotros es capaz de ver, de entender y de percibir según su entrenamiento vital, mental y emocional en el hogar, en la escuela, en su experiencia vital. Si les traigo aquí el campo, no diferenciarán un grano de trigo, de uno de avena o de cebada, y no digamos las múltiples expresiones florales y herbáceas de nuestra atacada madre naturaleza. Lo mismo sería si les invito a palpar nódulos o a auscultar sibilancias pulmonares. No han sido entrenados, y sería inútil insistir. Tomen nota de esa “ceguera” para lo que no hemos visto antes: no hemos sido instruidos en ello, limita nuestra inteligencia en grado sumo cuando tratamos temas complejos y atacamos lo que nos cuestiona. Lo social, lo político, lo cultural, y no digamos lo de mirar dentro de uno mismo, de ver y admitir la influencia del 80% de nuestros procesos mentales que no pasan por la conciencia, todo ello es complejo, no se ve sin entrenamiento.

La realidad es tan compleja que no cabe otra que admitir nuestra limitación y unirse para comprender

El político cree y trata de imponer que todo es político, el economista también, y así sucesivamente. Ahí está parte de nuestra desgracia y las pocas posibilidades de cambiar como sociedad.

El Parlamento debería ser un ejemplo del aporte de visiones parciales, de reconocimiento de las limitaciones de nuestras ideologías, para encontrar soluciones, pero no lo es ni lo será. No tienen diagnóstico, no encontrarán el tratamiento y seguiremos atrapados en su peleas infantiles y presas de su insaciable necesidad de tensiones, de hacernos regresar a situaciones mentales propias de la infancia, de buenos o malos. Ellos mismos han caído en su propia trampa y no saben salir.

Vemos sus debates: no se escuchan, no respetan, no valoran. Ponen caras de circunstancias como si les influyera lo que su opositor está diciendo. Hablan para las cámaras de televisión, y tampoco nos valoran, nos tratan como a idiotas, nos quieren pasivos, idiotizados. Es una neurosis que no tienen curación, aunque venga otra pandemia.

En España quizá es muy grave, porque por la formación desde la escuela no nos han preparado para vivir lo complejo. Los estudiantes de ahora reconocen que estudian para examinarse no para aprender. Hemos de darnos cuenta que lo han diluido todo, valores, educación, moral, esfuerzo, mérito… y todo ha sido para tener votantes una vez lograda la hostilidad de bloques. A falta de cultura y formación intelectual, nos vale la ideología y desde ella verlo todo. Perdió el tiempo Cervantes al mostrarlo desde su valeroso caballero.

Basta leer algo meritorio, como la donación de aparatos de diagnóstico por imagen de Amancio Ortega, para ver a quien le gusta, algunos cientos de ciudadanos no les gusta. Así que todos, en todos los países están así. Una regresión psicológica provocada, explotada y mantenida aposta. Trump, Johnson, Salvini y otros están jugando con la salud mental de sus poblaciones. Odio al contrario, o que pague más el que tiene más,  que de hecho ya se está haciendo, pero no es eso: se trata de despertar las bajas pasiones del odio y la envidia con esa falaz proclama para mantenerse o conquistar el poder.

Toda la clase científica, médica, y hasta matemática, se han unido para encontrar solución al problema del virus usando el método científico: observación, diagnóstico y tratamiento. Personalmente, me estoy sintiendo muy bien al abrir el ordenador y conectarme con multitud de congresos, tablas redondas, debates en todas las especialidades médicas en España. Todas las sociedades médicas salen a exposición de experiencias, investigaciones y puestas al día al menos una vez por semana, incluida la Real Academia de Medicina. Intercambian de verdad buscando la verdad sin trampas que pueden ver desde su especialidad, pero siendo conscientes de su limitación y de la gravedad del problema que requiere su unión. No manipulan, no camuflan datos, no aspiran a ningún protagonismo. ¿Es mucho pedir que los sueldos que pagamos a los parlamentarios sirvan para que se aproximen a algo de todo esto? Desde su obcecación en la pelea de aquí ahora y las próximas elecciones, no ven la gravedad del problema como sí lo ven los científicos.

Se han creado en los hospitales unidades de diagnóstico y tratamiento que incluyen todas las especialidades, no se puede comprender desde una de ellas el cuadro clínico del COVID-19. Eso no lo harán jamás los políticos, algunos ven como la peste que opinen los psicólogos.

Han demostrado su valoración del ciudadano y los sanitarios. Hemos visto en los distintos Parlamentos a «cuatro gatos», para evitar que sus valiosas Señorías se contagiaran mientras caían infectados cientos de sanitarios enviados a trabajar sin protección. Además, hemos visto cómo valoran la inteligencia del ciudadano con la información y las mentiras que le han suministrado.

Los pobres ciudadanos tenemos otra pandemia, pero esta vez crónica y agravada: la del estado del malestar que ellos y sus afines necesitan mantener para sobrevivir.

Los políticos tienen un grave problema: no funcionan como los científicos. Esta falta de consenso ha producido una regresión emocional, que ha hecho enfermar y dividir a la población -principalmente con la estomagante antigualla de la izquierda y la derecha, Franco, etc. -. Esta división y fragmentación ha producido un trastorno mental que ha afectado a la población. Hasta en pueblos de veinte habitantes están divididos, pero lo grave es que también ha acabado por afectarles a ellos más que a nosotros, porque se han incapacitado para pensar en complejidades y ponerse de acuerdo en planes de futuro. No lo hacen porque no ven el problema global. Como todos nosotros ven lo que militan.

Desde que Sánchez y “compañía” conquistaron el poder, han dedicado su tiempo a preparar las próximas elecciones -con el dinero de todos-, pero con la meta de producir una sociedad infantil, subordinada, subvencionada, regresiva, intoxicada.

Los vemos alejados de los reales y complejos problemas de una sociedad convulsionada, arruinada, desesperanzada, y si cesar en su martilleo fragmentador preelectoral.  ¿Es una neurosis o una psicosis? No insistan, no se puede curar un enfermo que no reconoce su enfermedad. O que como en este caso, vive a costa de ella. Ya son inútiles la prensa libre, los editorialistas y no sirve para nada escribir, tratar de aclarar, es un enfermo que no escucha, no se declara como tal. No tenemos líderes que unifiquen o al menos contengan el desmembramiento de España, y lo mismo de EE.UU. Reino Unido, Italia, Brasil, etc.


José Antonio Rodríguez Piedrabuena

Especialista en Psiquiatría y Psicoanálisis, y en formación de directivos, terapias de grupo y de pareja

Cabe la reproducción de este texto siempre que se mencione a PROA Comunicación como su fuente original

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