Repetición (I): La cara A

Aunque no algo inesperado, es de lo más inusual que las cautelas y reparos a los debates televisivos de candidatos a senadores y diputados tengan que repetirse, como las elecciones mismas, sólo seis meses después.

Si ya en primavera de este año cuatro convocatorias electorales (generales, europeas, municipales, autonómicas) en dos citas, de abril y mayo, provocaron una indigestión al espectador benevolente de este género de intercambios, esta vez el hartazgo viene, si acaso, comedido sólo por tratarse de la campaña más corta, aunque más desconcertante, desde 1977.

Una campaña en la que parece haber solo un debate, jaleado por las teles como una final de Eurovisión o un choque de la Champions. Pero este cronista ha visto al menos cinco en tres cadenas distintas y sus observaciones vienen dictadas por todos ellos. Este artículo no quiere ser, pues, el único, sino sólo el primero de una serie.

Con tres criterios principales: juzgar sobre la base de lo (mejor) que deben y pueden hacer los candidatos en un debate, de la comparación con el desempeño de sus rivales a lo largo del mismo y, por último, de la consistencia entre lo que han hecho en el debate y las estrategias retóricas o dialécticas necesarias para transmitir sus mensajes y programas.

La cara A

Así que, aunque este rayado, muy rayado, este disco, más de fracasos que de éxitos, tiene su cara A y su cara B.

En la cara A, la de ayer noche, 4 de noviembre, en Madrid, en el Pabellón de Cristal de la Casa de Campo, en la Academia de la Televisión, en casi todas las cadenas, el debate era enteramente de varones, totalmente de machos alfa (y se notó), en el debate ganaban numéricamente los barbudos a los lampiños (3 a 2), las derechas a las izquierdas (3 a 2 también), sólo había un descorbatado y no era de la izquierda extrema sino de la derecha radical.

Peor que el debate  

 Tan plomiza o animada perspectiva no se resolvió políticamente en nada. En esto ha sido para mal muy distintiva esta ocasión, la más contraproducente que se recuerde: el pesimismo del votante espectador no procede de haber asistido a un reparto de fuego y cenizas en el que, con todo, se haya podido mover a votar y mover el voto, sino a una confirmación de que, aun votando, dado lo repartido y divisivo de las opciones, el bloqueo, a lo que parece, persistirá. Algo deprimente, no ya por el debate en sí, sino porque no deja traslucir ninguna solución gobernable.

Sin embargo, aun en sus cualidades negativas, el debate desplegó por momentos una viveza que no es despreciable y un número de paradojas superior al de contendientes en liza.

Labilidad de las fórmulas verbales

¿Quién habló de que gobierne la “lista más votada”? ¿Casado? No, Sánchez. ¿Quién remachó cada dos por tres eso del “orden constitucional? ¿Rivera? No, Abascal. ¿Quién se refirió a “la derecha cobarde”? ¿Abascal? No, Sánchez. ¿A quién no se le cae la Constitución de la boca? ¿A Casado? No, a Iglesias. ¿Quién afirmó que “sí, se puede?” ¿Iglesias? Sí, ¡y también Rivera!

Pero Obama lo dijo primero, se podría argüir… Es notorio, aunque de momento no muy transcendente, creo, que las fórmulas de la política norteamericana las importa ahora Vox, algunas de cuyas afirmaciones parecían salidas directamente de los manuales de campaña de Trump y Bannon (por ejemplo, en lo referido a Bruelas). Ya en un debate anterior, Espinosa de los Monteros habló de “retomar el control”, recogiendo la expresión, lo mismo falaz que eficaz, de Farage, Gove y Johnson en la malhadada refriega del Brexit.

Quede para el expediente, además, que Vox ha sacado a sus cuatro dirigentes principales (Abascal, Espinosa Ortega Smith y Monasterio), a fajarse en los debates y sus resultados dialécticos han sido estimulantes para la formación y dignos de un análisis detallado. Volveremos sobre ello.

Extraños modos para no perder posiciones

Por el contrario, el penoso espectáculo de la parte final del debate, en el que un presidente del gobierno en funciones rechaza responder, interpelado e interrogado sumariamente por Rivera y Casado y, bordeando lo pasivo-agresivo, no levanta la vista de los papeles, haciendo como que subraya y escribe, y sale del entuerto pasando a otras cuestiones, confirma algo preocupante: Pedro Sánchez carece de capacidad dialéctica. O no quiso ejercitarla, lo cual no es mucho mejor. Y a mayor abundamiento, no es preocupante tanto por lo que pase en esta clase de debates como por la (futura) actividad parlamentaria.

Rivera no se descuelga del recurso de los elementos gráficos y materiales de apoyo, adoctrinando hasta con el adoquinado, y proporcionando gran diversión a las redes sociales.

Pero para eso (también le sucedió a Casado) hay que asegurarse de que la realización televisiva va a recogerlo con la técnica adecuada. En el primer debate de candidatos en RTVE el jueves anterior (31 de octubre), la cámara no enfocaba en primer plano las evidencias que algunos blandían. Ni se veían ni se leían. En este, la cámara llegaba hasta ellos, pero la iluminación se reflejaba de modo deslumbrante y no podía descifrarse apenas nada.

Iglesias venía con una fórmula que había sido exitosa en su última comparecencia: la moción constructiva al debate destructivo, el círculo virtuoso. Por eso se entiende mal que su técnica del “minuto de oro” fuera tan torpe, ideal para desconcentrar, o desconcertar al receptor de su mensaje, al remitirse a un caso particular, por ejemplarizante que se crea, a un dramático “trozo de vida”. Y eso cuando ya se había visto fracasar en ese empeño, y en ese mismo minuto, a Irene Montero y Noelia Vera con idéntico planteamiento (más la lanzada a Florentino Pérez) la semana anterior.

Casado ha afinado sus maneras, pero carece de fórmula ganadora: la que tiene también es de bloqueo. Al menos evita todos los errores, seguramente de carácter, de su portavoz, Cayetana Álvarez de Toledo, modelo en tantas cosas de lo que no ha de hacerse en un debate, Pero en esto nos centraremos en la próxima entrega.

Pablo Carbajosa

Responsable del Área de Oratoria de Proa Comunicación