Estamos obsesionados con contar: las historias, los posts, mis ideas, mis opiniones sobre cada tema instantáneo que sacude la actualidad. Que se sepan mis cosas. Que se me escuche. Porque yo lo valgo.

Contamos en estereofónico y en multicanal, encajando nuestro discurso y nuestros mensajes en los múltiples formatos que nos ofrecen las tecnologías de la comunicación. Emitimos con constancia mientras nos convertirnos en un ruido de fondo que nos pone el foco en primer plano y nos traviste en protagonistas de un monólogo cansino mientras nos perdemos la verdad de la realidad, que nos trasciende olímpicamente.

Palabras, fotografías, audios y emoticonos en unidireccional. Desde mí, hacia el mundo. Como si tener una boca y dos orejas no fuera para sospechar que la sabia naturaleza no comete actos antropológicos superfluos. Nos estamos perdiendo mucho de la vida si no aprendemos a escuchar, porque desplegar el sentido de la escucha nos da alas y replegarlo, nos ensimisma hacia la subjetividad, la enfermedad estrábica que limita el horizonte de la sana comunicación.

Callarse, observar, escuchar a los demás, conversar y reflexionar en conjunto son verbos muy activos para la buena comunicación que no puede adulterar el ritmo de los tiempos vertiginosos que nos exprime en primera persona. Stop. Por inercia o por las prisas. Por orgullo, presunción o alevosía. Emitimos en modo kamikaze dando la espalda al entendimiento. Sin querer o sin saber cómo evitarlo, lo cierto es que no escuchamos o no escuchamos suficientemente bien.

La mala comunicación es una poza de emisiones estancadas donde no se han escuchado con atención las opiniones ajenas, la locuacidad del contexto, las evidencias de las circunstancias. Entonces, pensando que el panorama era esta verdad medio oscura, nos ahogamos en el error, equivocamos el juicio y disparamos fuera de la diana.

La comunicación es una flecha certera que conecta cuando da en el blanco, pero en el trayecto hacia el éxito exige una escucha inteligente y capaz, como la que tratamos de ejercer en las empresas conscientes del beneficio del talento colectivo. Sin ejercitar bien la escucha no hay un buen diagnóstico para poder acertar en la estrategia de comunicación. Oír a todos y maridar la riqueza de opiniones nos abre las puertas al acierto. En esa actitud aparentemente pasiva y enormemente sabia pivota gran parte de la excelencia de un líder.

Los líderes deben inspirar, persuadir, construir relaciones, compartir ideas, transmitir los valores de la empresa y hacer que las cosas sucedan en sus organizaciones, y todo eso es imposible sin escuchar. Lo saben los líderes, y lo saben todas las personas que los rodean, porque si hay una orfandad que todos apreciamos meridianamente clara es el desierto que atravesamos cuando ni somos escuchados, ni somos tenidos en cuenta.

Hablamos de escuchar con los ojos, porque en este mundo nuevo de teletrabajo, multitarea y el tsunami tecnológico que inunda nuestras pantallas, estar, ver, calibrar la comunicación no verbal, respirar el presente y hacerse cargo de la realidad en todas sus dimensiones es esencial para aprehender con la mirada profunda lo que el oído, a veces, no percibe con calidad.

En la buena comunicación, la atención es sagrada y las distracciones se batallan con solvencia, porque son el enemigo. Si la comunicación es un diálogo en dos direcciones, no tiene sentido taponar la vía de entrada. Un emisor ciego y un receptor sordo tienen muchas posibilidades de perderse de camino a puerto o de naufragar en el intento. La expedición podría haber sido un éxito, pero ninguno de los dos tuvo en cuenta sus limitaciones.

La buena comunicación es colirio y audífono. Es muleta y comodín para suplir las deficiencias con conocimiento y experiencia. Es motivación, y alas, y cristales graduados. Es acelerador con los oídos despiertos. La comunicación sana enciende el altavoz para escuchar sin saturarse de sí misma y transmite con lucidez lo que los ojos escuchan con claridad.

Lee en Dircomfidencial el artículo de Lucía Casanueva, socia directora de PROA Comunicación.