“Lo que perdimos no era una cifra, eran vagones llenos de esperanza”
En un tiempo dominado por estadísticas, balances y gráficos, hay frases que detienen el mundo. No porque sean grandilocuentes, sino porque nos devuelven a lo esencial. La pronunciada por Liliana Sáenz de la Torre durante el funeral por las víctimas del accidente de Adamuz es una de ellas. No solo por el dolor que contiene, sino por la autoridad moral desde la que se pronuncia.
Lo he escuchado varias veces y me sigue impresionando. No era un discurso político. Tampoco un alegato jurídico. Fue algo más difícil y, por eso mismo, más valioso.
Vivimos en una sociedad que ha aprendido a gestionar tragedias con cifras. A convertir lo irreparable en dato. A protegerse emocionalmente simplificando lo complejo. Frente a esa inercia, Liliana hizo lo contrario: humanizó sin banalizar, recordó sin idealizar, exigió sin gritar. Nombró a “los 45 del tren” no como una cifra, sino como padres, madres, hijos, hermanos. Como proyectos de vida truncados. Como vínculos irremplazables.
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