En España ya casi nadie pide perdón, pero todos comparecen. Comparecen los políticos, los empresarios, los famosos… y hasta aquellos que todavía no saben muy bien de qué se supone que tienen que disculparse. Se comparece para matizar, contextualizar, explicar, lamentar… y, si hace falta, para decir que podrían haberse equivocado, ese condicional que antes estaba prohibido en los titulares de prensa y que ahora, como dicen los modernos, es un must. Se pierden las costumbres y, pedir perdón, lo que se dice pedir perdón, cada vez es más raro.
Estos días lo hemos vuelto a ver en el debate político. Unos reclaman disculpas solemnes y otros responden que no hay nada por lo que disculparse o que, en todo caso, hay que sentirse orgullosos de lo hecho.
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