En un ecosistema mediático más saturado que nunca, donde conviven medios tradicionales, plataformas digitales y redes sociales, la proliferación de desinformación plantea uno de los mayores retos contemporáneos: distinguir la verdad entre un océano de datos, titulares y opiniones. Así lo denuncia la periodista y empresaria Lucía Casanueva, quien alerta de que las fake news han erosionado el valor de la información veraz y han debilitado los cimientos de la democracia.
Casanueva subraya una paradoja inquietante: cuanto mayor es el acceso a información, mayor parece ser la dificultad para acceder a la verdad. En medio de un contexto geopolítico convulso, con guerras abiertas como las de Ucrania o Gaza, las mentiras circulan impunemente y sin consecuencias visibles, mientras los gobiernos se parapetan tras discursos ambiguos y los medios, en muchos casos, renuncian a su función crítica. La autora lamenta que la velocidad y el volumen hayan sustituido a la verificación, que el relato prime sobre los hechos, y que el periodismo haya dejado de ser el contrapeso frente al poder.
La situación, afirma, no solo desinforma: deshumaniza, polariza y aísla a la ciudadanía. En lugar de fomentar el pensamiento crítico, el exceso de información genera confusión y apatía. Los ciudadanos, mareados por titulares contradictorios, han perdido confianza en los medios, y con ello se debilita también la democracia. “Vivimos en la sociedad de la eficacia y nos conformamos con calmantes de veracidad”, sentencia Casanueva, alertando de que ya no importa tanto la sostenibilidad de una reputación como la habilidad de sortear una crisis momentánea.
Frente a esta deriva, la autora reivindica el papel esencial del periodismo como garante del derecho constitucional a recibir información veraz —reconocido en el artículo 20 de la España Carta Magna—. También señala la responsabilidad de los medios, editores y periodistas en reconstruir la confianza social, resistiendo a la lógica de la inmediatez y recuperando los principios de informar, formar y entretener.
Casanueva apunta que iniciativas de la Unión Europea o de plataformas como YouTube, que han impulsado centros de noticias para frenar las fake news, son pasos positivos, pero insuficientes sin un compromiso ético firme de los profesionales y una ciudadanía crítica que exija calidad y rigor informativo.
A su juicio, el periodismo no ha desaparecido, pero está enfermo. Y solo podrá sanar si recupera su función de contrapeso al poder y su vocación de servicio público, por encima de los algoritmos, las audiencias o las modas. En tiempos en los que los influencers ganan terreno y los gabinetes institucionales esquivan el escrutinio, insiste Casanueva, se hace urgente rescatar el periodismo como un bien esencial para la sociedad democrática.