La semana pasada fuimos testigos del anuncio de Sora, un nuevo modelo de Inteligencia Artificial de texto a vídeo desarrollado por OpenAI. Su nombre, que significa “cielo” en japonés (空), refleja la ambición de Sam Altman y su equipo: el cielo es el límite.
Al igual que ChatGPT, Sora permite generar vídeos a partir de textos mediante comprensión de lenguaje natural. Esto significa que no se necesitan comandos complejos: la herramienta entiende cómo hablamos cotidianamente, aunque siempre es posible ser más preciso con los llamados “prompts”. Una vez procesada la solicitud, Sora es capaz de producir vídeos muy realistas de hasta un minuto de duración, como mostró Altman con ejemplos en su cuenta de X.
Actualmente, la herramienta se encuentra en fase de pruebas por parte de los “Red Teams”, equipos independientes encargados de detectar fallos y vulnerabilidades. OpenAI enfatiza que la seguridad es una prioridad, con el objetivo de prevenir sesgos, contenidos de odio y, especialmente, desinformación. Sora promete evitar la creación de vídeos que simulen a personas famosas, siguiendo la misma línea que DALL·E, aunque los expertos advierten que, tarde o temprano, cualquier tecnología terminará siendo utilizada para generar contenido falso.
Un ejemplo reciente de los riesgos potenciales se vio con imágenes sexuales de Taylor Swift generadas por IA, un hecho que provocó controversia internacional y llevó a la Casa Blanca a proponer al Congreso la elaboración de una regulación específica. Esto subraya que los peligros de la desinformación no se limitan a la imagen pública: un vídeo falso negativo de un producto o un CEO simulado anunciando movimientos corporativos agresivos podría dañar gravemente la reputación de una marca o provocar caídas bursátiles.
A estos riesgos se suman las preocupaciones sobre la sustitución de empleos. En el caso de Sora, los profesionales del sector audiovisual y, más ampliamente, los trabajadores del ámbito de la comunicación podrían ver cómo ciertas tareas repetitivas o de producción de contenido se automatizan.
Sin embargo, la adopción de la IA no debe verse como una amenaza, sino como una oportunidad si se maneja con lógica y criterio. Ya en 2023, nuestro compañero alumni MCPC Yago Sánchez Reig planteaba en PRECISA/MENTE si la transformación digital cambiaba la misión del Dircom. La conclusión entonces era clara: no. Y en 2024, con o sin Sora, esa premisa sigue siendo válida. La IA es una herramienta; la responsabilidad, la creatividad y el juicio siguen siendo humanos.
En este sentido, España se muestra entre los países más optimistas respecto a la adopción de la IA en el entorno laboral. Según el estudio de Boston Consulting Group AI at Work: What People Are Saying, un 59 % de los directivos españoles tiene una visión positiva sobre su implementación y muchos ya utilizan la IA Generativa en su día a día profesional.
Para los comunicadores, herramientas como Sora representan un aliado poderoso. Pueden acelerar la creación de contenido audiovisual, facilitar la personalización de mensajes, responder rápidamente a preguntas frecuentes e incluso simular escenarios de crisis para entrenar equipos. Sin embargo, nunca reemplazarán la capacidad humana de entender el contexto, interpretar matices culturales, emocionales y estratégicos, ni gestionar relaciones auténticas con stakeholders.
El valor del profesional de la comunicación reside en su experiencia, conocimiento del cliente o de la organización, y en los vínculos personales que establece. La IA debe ser vista como un multiplicador de capacidades, no como un sustituto. Su papel está limitado por algoritmos y datos; el nuestro, por empatía, juicio y creatividad. Mientras Sora genere vídeos impresionantes, será el humano quien dé sentido, dirección y propósito a la narrativa.
La IA generativa cambiará muchas formas de trabajar, pero no reemplazará lo esencial: nuestra capacidad de comprender personas, relaciones e intenciones. Herramientas como Sora están aquí para potenciar nuestro trabajo, para ampliar nuestro alcance y optimizar procesos. Pero los límites del humano siguen siendo infinitos. Y, como dice su nombre, el cielo es el límite.