Nos ha tocado vivir en un momento de la historia en el que los cambios van más rápido que la capacidad de procesar de nuestros cerebros. La IA lo empieza a controlar todo: la política, la economía y nuestras vidas diarias hasta límites insospechados. En base a un algoritmo se decide un tratamiento médico, la búsqueda de empleo, quién recibe un préstamo y, si me apuran, la pareja ideal para casarse. En el ritmo trepidante de nuestras vidas cotidianas la frontera entre lo público y lo privado se ha vuelto difusa, porosa, y no sabemos con exactitud donde poner los límites.
¿Qué efectos tiene este ritmo frenético? Uno de ellos es adverso y es que nuestra capacidad de apreciar algo de forma duradera parece disminuir. Nos impacientamos ante la mínima frustración y exigimos cada vez más garantías. Perdemos la paciencia y en ello nos perdemos a nosotros mismos porque la continuidad y la paciencia son condiciones esenciales para la conexión y el pensamiento. Pero también aparecen efectos positivos. Bajo la denominación de «frugalismo» un grupo cada vez más nutrido de ciudadanos que se rebela. Esta nueva corriente de vida va atrayendo más adeptos: la felicidad de tener menos.
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