La crispación ha colonizado el debate público y urge revertir esa deriva. Mejorar la calidad de nuestra conversación social es una tarea inaplazable.
En 2006, Florian Henckel von Donnersmarck dirigió La vida de los otros, una película ambientada en la República Democrática Alemana de 1984, que muestra cómo un agente de la Stasi transforma su visión del mundo al espiar a una pareja de artistas. La historia sirve hoy como espejo: nuestra conversación pública se ha vuelto un ejercicio de vigilancia, juicio y sospecha. ¿Resistirían nuestras charlas privadas el escrutinio ajeno? Probablemente no.
La desconfianza hacia la clase política y el desencanto general han deteriorado el clima social, en un contexto de incertidumbre geopolítica y presión para que Europa gane autonomía estratégica. Pero no es momento de resignarse: cuanto peor es el panorama, más oportunidades hay de mejorarlo. Como Europa debe asumir su madurez, la sociedad civil también debe hacerlo.
Elevar el nivel del debate implica agudizar la escucha y reflexionar antes de responder. Requiere organización y compromiso individual: desde escribir un libro hasta usar las redes sociales con sentido cívico. No podemos delegar todo en el Estado ni en los políticos; todos tenemos capacidad de influencia en nuestro entorno. Recuperar un tono constructivo y amable es clave para recomponer la concordia y escapar del empobrecedor pensamiento único.
Esta fractura no es nueva. José Ortega y Gasset ya alertó en España invertebrada (1922) de una sociedad encerrada en compartimentos estancos y de políticos entregados a la frivolidad y la violencia verbal. Frente a eso, defendía que la política debía ser un proyecto ilusionante de futuro común, capaz de inspirar a toda la ciudadanía, especialmente a la juventud.
Ortega reclamaba una “política poética, filosófica, cordial y alegre”. Y Henckel von Donnersmarck recordaba que, incluso tras errar el camino, los seres humanos pueden hacer lo correcto. Nuestra conversación pública ha tomado un rumbo equivocado, pero aún hay esperanza. Es momento de corregirlo y avanzar hacia un diálogo más sereno, creativo y constructivo.