En algún lado está escrito que, en 1904, es decir, menos de tres años después de que, desde la estación de Poldhu, Guglielmo Marconi enviase en código morse la primera señal de radio de la historia, Nikola Tesla inició uno de esos pleitos dramáticos que supongo que podrían filmarse con Adrien Brody de protagonista.
La historia, tal como se narra, lo tiene todo para rellenar un par de trailers, por lo menos. En 1909, Marconi ganó el Nobel de Física gracias a ese logro. En 1943, es decir, 34 años después, Tesla murió sin demasiada gloria y, suponemos, con bastante pena. A los pocos meses el Tribunal Supremo de Estados Unidos dictó una sentencia que, según se mire, vendría a corroborar que el italiano disfrutó durante demasiadas décadas del engañoso reconocimiento como padre indubitable del invento. Y hoy hay quien sostiene que ese honor le debería haber correspondido desde el principio a Tesla.
En fin, cualquiera sabe. Lo que es innegable es que en pleno siglo XXI el desdichado inventor serbio le pone nombre a la mitad de los taxis del mundo. Y también que la controversia no ha terminado. Todavía corren ríos de tinta al respecto. Se encienden debates pesadísimos en algunas sobremesas (no sabemos cuáles). Y las mentes más circunspectas se sumergen en divagaciones profundísimas, sin encontrar siquiera algo parecido a una contestación satisfactoria. ¿Quién es más padre de una idea, quien la piensa o quien la ejecuta? ¿Qué es ejecutarla bien?
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