El éxito o el fracaso de un proyecto empresarial, institucional o político dependerá cada vez más de la relevancia que se otorgue a la comunicación. Lo estamos viendo en directo con Ábalos: la pelea por la reputación se convierte casi en la última batalla antes del ostracismo, del juicio público y de las fallas de carne y hueso.
En este tiempo vertiginoso, apasionante y loco, hemos pasado de ensayar los primeros pinitos en el diseño de nuestra marca personal a luchar por preservar la reputación propia, por si acaso el partido, la empresa o la institución que nos sostuvo sobre los tronos de su estructura nos despoja de honra cuando las aguas turbias se convierten en tsunami.
Lo escuchamos en directo: Ábalos, mano a mano con Alsina o Risto Mejide, hablando del fango y de la reputación. Un político lapidado, repudiado en el Grupo Mixto, pataleando con las manos para sobrevivir a las maledicencias sobre su trayectoria profesional y personal, mientras los titulares caen como chuzos pringosos. La imagen, la identidad y la reputación se presentan como un tridente: un trampolín hacia el éxito o un tobogán hacia el infierno.
Ahí está el ejemplo de Grifols. La reputación es un intangible que transforma, para bien o para mal. Basta mirar los titulares económicos que llegan desde Oriente, como el caso del Banco Santander, que “pierde 3.140 millones en bolsa por una cuenta ligada a Irán”. La buena reputación genera prestigio, notoriedad y confianza; la mala reputación, desconfianza, distancia y descrédito. Si en los buenos tiempos los amigos aparecen hasta en los donettes, en una crisis de reputación mal gestionada el vacío es letal.
Los empresarios, consejeros delegados y directores generales que aspiren a una carrera profesional estable y brillante deben ser hoy pilotos de su propia reputación. Lo mismo los políticos, altos cargos de instituciones y personas influyentes que deseen surfear olas de bonanza y evitar ahogarse cuando la crisis muestre sus dientes y arremeta con la furia con la que Internet amplifica cualquier tropiezo, por pequeño que sea.
La reputación es la realidad. Pero los focos y los megáfonos de la comunicación pueden distorsionar esa realidad con o sin intención. Cuando eso ocurre, la realidad se convierte en esperpento. La verdad y la transparencia son la mejor reputación, pero sería ingenuo pensar que los relatos de nuestro tiempo son cristales y espejos. La manipulación es un arma constante en la conversación pública, y defenderse requiere aprender a comunicar adecuadamente, a veces contando con expertos que nos ayuden a navegar sin miedo.
Viento en popa a toda vela: el éxito o fracaso de cualquier proyecto depende de la comunicación. La reputación es su epicentro. Quien busque proteger y salvaguardar su honor, pase lo que pase y caiga quien caiga, debe ser timonel de su propia causa, porque en los naufragios colectivos nadie es de nadie.
Reyes y reinas. Presidentes y presidentas. CEO y CEA. Líderes y lideresas. Ministros y ministras. Diputados y diputadas. Gerifaltes todos. Influencers imperiales. Secretarios de organización de partidos políticos. Intachables hoy, víctimas de los titulares de guillotina mañana. La reputación es un activo tan esencial para nuestra supervivencia social que no podemos relegarla fuera de nuestras obligaciones prioritarias de despacho. Porque los despechos… los carga el diablo.