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Lo que somos

Consideren que la basura moral que nos inunda (por ejemplo, en televisión) está incidiendo en nuestros genes y no nos defendemos desde el momento en que los que rompen con sus programas, una estructura de milenios, que se van de rositas, teniendo la ligereza que da la falta de moral, atiborrados de derechos para dejar maltrecha la sociedad. Derecho a la información. En un barrio de Madrid los que, debido a nuestra tontería, pereza mental y sentimiento oculto de culpa, llamamos okupas patrullan la calle y, cuando detectan un entierro o una salida de la familia para ir al hospital, entran de seguido y ocupan su piso, roban la propiedad, allanan la vivienda y producen destrozos, y no se los puede desalojar o acusar directamente de ladrones o de robo con violencia. Chorrea agua del piso de arriba adonde están estos protegidos por nuestras leyes y la familia denuncia y no pasa nada, el seguro no se puede hacer cargo de ello, y así llevan medio año. Si quieren les doy el teléfono de esa familia para que se lo cuenten en primera persona.

Lo justo sería estudiar las causas que mantienen a esos colectivos, a los que hay que añadir los violentos de todo tipo, los que pegan fuego, los que estafan, cómo se originan, qué pasó en sus primeros años, cuál es su familia, qué evolución han tenido hasta llegar a vivir de esa estrafalaria manera, así podríamos ayudarles. Probablemente, estos seres no tuvieron la familia adecuada. Pero es igual, no se les investiga. Si se investigara las causas de esa conducta de ladrones, fanáticos, violentos, imitadores de crímenes contra mujeres y otros seguramente se podría hacer algo efectivo para ayudarles de la mejor manera.

Si funciona el hogar de manera adecuada -asegura J.M. Fuster-, “tendremos un niño feliz, seguro y con confianza en sí mismo; si no, el niño mostrará ansiedad, inseguridad y recelo. Los valores éticos, en particular la confianza y la responsabilidad, crecen sobre una base filética de afectos e instintos elementales”. Estas son afirmaciones de un científico del cerebro, J.M. Fuster -ni siquiera de un psiquiatra o psicólogo-, base para los ideólogos que quieran cambiar la sociedad y se dejen de monsergas de siglos pasados. Tenemos hasta los diez años para influir en el desarrollo de la emocionalidad, de la ética y de la inteligencia general para salir adelante en la vida. Después de manera moderada, porque hay que sumar a los compañeros de generación que pueden cambiar los valores familiares.

Unos huevos han sido sometidos a ruidos y factores estresantes durante la incubación, si los huevos empollándose entre esos factores se colocan al lado de otros no estresados para terminar su incubación, les transmitirán la sensación de peligro mediante vibraciones en la cáscara y ambos correrán a resguardarse al nacer. Saldrán con miedo al exterior, han construido una imagen básica de lo que les espera y tendrán menor desarrollo. El estrés bloquea parcialmente la hormona del crecimiento. Podremos decir que es equivalente a la vida fetal humana y las madres estresadas. Somos muy frívolos si seguimos negando estas cosas como sociedad.

Sin amor y cuidados, que están detrás de muchas familias de los arriba mentados, aunque pueda parecer lo contrario desde fuera, no puede haber mucha ética, ni empatía y sí una sensación de pobreza, de que les debemos y somos causa de sus desviaciones. Actitudes de ataque a los que no comprenden, a los normales, e incapacidad de hacer una vida de mejora continúa en la que estamos los demás.

No podemos pensar que, si en una familia se declara heredero a un componente, los demás no se van a sentir excluidos, menos valorados. No se podrá “curar” este fracaso de los no agraciados, porque no se habla en familia. Esta “injusticia” será intolerable y se proyectará sobre España. Excluyo porque he sido excluido, ataco porque he sido atacado. Aquella falta de valoración de los no herederos puede crear en ellos un mecanismo compensatorio de sobrevaloración de lo mío y una necesidad de reconstruir la identidad con exageración, aquella familia que frustró crea ahora otra familia que da identidad colectiva. Igualmente, nosotros acomplejados utilizamos el inglés para sobresalir y estar a la última. Los complejos de inferioridad dan muchos síntomas compensatorios.

Como los pollitos aludidos, un embarazo estresante y una familia poco entregada de cuerpo y alma a los hijos, el sujeto puede quedar ciego para valores comunes, porque desde su punto de vista emocional, aquella no era una familia. Los científicos del cerebro afirman que la política no tiene en cuenta la biología. Sin embargo, somos todos víctimas de aquella. La ciencia cambia, ellos siguen con su matraca. Un político acusa a otro de que no tiene un proyecto de país. Si este caballero hubiera tenido que diseñar el plan de negocio de una multinacional o de una gran empresa para los próximos cinco años, se atará los machos antes de hacerlo, ¿le encargaría el plan de negocio a un grupo político que diseñe algo infinitamente complejo, como España, con historia de quinientos años y sus múltiples vicisitudes? Necesitaría ayuda de los otros partidos y algunos sabios. Nunca veremos algo así, y no percibimos la omnipotencia que conlleva no hacer Pactos de Estado, imposibles entre los de la “superioridad moral” y los otros que no tienen esa categoría que aquellos se han adjudicado.

Superiores al resto de criaturas 

El 95% del cerebro es subcortical, el cerebro trabajando por debajo de la conciencia. El inconsciente forma parte del estudio de la neurociencia y la neurología actual, como antes fue la psicología.  Los millones de datos que manejan entre sí todas estas 295 zonas, no podemos verlas ni medirlas. No tenemos medida para valorar nuestras insuficiencias, lo limitado que supone militar en un partido político, y no digamos si tratamos de comprender la sociedad con teorías de hace cien años desde ellas. Uno de estos partidarios ha pasado el verano leyendo a Antonio Gramsci que nació al terminar el siglo diecinueve y, con ese bagaje, quiere conquistar nuestras mentes en las próximas elecciones; y, si puede, hacer ingeniería social desde la superioridad científica y antropológica de aquel autor.

Nos creemos superiores al resto de las criaturas, pero si se trata de resolver problemas, ejecutar tareas, tener memoria, analizar el ambiente, comunicar mediante señales moleculares, organizar tareas de grupo…, las bacterias ya lo hacían excelentemente. Les debemos ese monumental bagaje molecular. Otra cosa es escribir, pintar, crear cultura que nos emocione, construya o nos destruya, rectificar, reconocer nuestros errores, pedir colaboración y respetar (ya me ocupé hace unos años de estos temas en un libro “La mente de los Creadores”).

Esos iluminados prepotentes que quieren cambiar la sociedad deberían explicarnos en base a qué ciencia, por qué razones y con qué conocimientos de la vida sobre la tierra cuentan. Querían suprimir las procesiones de Semana Santa, una tradición de quinientos años en Sevilla. Ellos saben más que todos esos cientos de años de convivencia y hermandad. Después de los “experimentos para el hombre nuevo”, ¿en qué han cambiado los rusos, alemanes del Este, camboyanos, chinos y cubanos a través del comunismo? Es inexplicable que sigan insistiendo, porfiando en aplicar esos modelos de cambio. El humano y por motivos de la estructura de su cerebro es capaz de creer cualquier cosa, y siempre mirando al futuro con expectativas mesiánicas que aprovechan algunos ideólogos.

Excepto la alta cultura, las guerras y ataques a los humanos, la destrucción de valores, tradiciones, hábitos para sustituirlos por una nueva religión en la que adoremos a humanos -nada sobrenaturales- en todo lo demás somos como el resto de los seres que colonizan la tierra. En Corea del Norte lo han logrado, tienen un dios viviente.

Grossman: “Han logrado distorsionar la realidad entera, sustituyendo cierto mundo de costumbres y valores por una religión basada en la voluntad del Partido (…) encarnación de la verdad científica de un partido monolítico”. Lo dicho, que la razón crea monstruos de éxito cuando activa en la mente las expectativas mesiánicas: “La revolución planetaria”.

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