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José Barros —— De Steiner a Scruton, la fuerza del humanismo

¿Qué es el nombre de la rosa? ¿Existe la esencia rosa o su concepto es una mera representación lingüística? La cuestión de los universales, que con el mundo de las ideas de Platón marca el inicio de la filosofía occidental, veinticinco siglos después sigue palpitando en la obra de George Steiner y Roger Scruton, ambos recientemente fallecidos.

Pese a su común perfil de célebres académicos, sus orígenes no podían resultar más dispares: George, el hijo de una culta y acomodada familia de judíos vieneses, criado entre París y Nueva York debido a la huida de sus padres ante la barbarie nazi; y Roger, el muchacho que viene al mundo tras la Segunda Guerra Mundial en un hogar modesto y de atmósfera laborista ubicado en un pequeño pueblo de las Midlands inglesas. Y, sin embargo, ninguno de los dos dejó nunca de preguntarse a través del arte, la literatura y la música por el significado de la palabra. ¿El idioma es creación del ambiente cultural en el que vivimos o es símbolo de una realidad más amplia, que nos antecede?

Los intentos de esquivar el misterio del lenguaje a través de explicaciones positivistas o deconstructivistas provocaban, por su insuficiencia argumental, no pocos recelos en el agudo e irónico Steiner. El flemático Scruton, por su parte, arqueaba las cejas con escepticismo ante quienes solo veían estructuras de dominación en cualquier manifestación cultural.

En efecto, en la lectura de un poema, la escucha de una cantata, la visión de un cuadro, de una escultura o de una película, uno y otro coinciden; nuestros dos autores estiman que la experiencia estética supera la mera dimensión física y biológica, pues de la materia -ya sea fonema, piedra, píxel, sonido o pigmento- emerge la comunicación de un significado tan bello como turbador.

Más aún, el espectador abandona entonces su condición de individuo autónomo y racional-discursivo para devenir en un , que establece una relación no con algo, sino con otro; con una persona que nos interpela; con una voz que desde su libertad dialoga con la nuestra. Son las «Presencias reales» de las que habla Steiner en su más famoso ensayo.

Cuanto mayor sea la vibración de lo originario en la obra de arte -de esa otredad irreductible, imposible de definir y estabilizar-, mayor será también la fuerza de su significado. Así, el lenguaje, la palabra, en especial a través de la poesía, se convierte -la influencia de Heidegger es notable en ambos autores- en esa casa del Ser, capaz de desvelar la identidad que tienen las cosas en sí mismas, fuera de su cotidiana instrumentalización técnica.

Pero Scruton y Steiner, ambos polemistas natos, van más allá. No tienen reparos a la hora de entender la creación artística como un reflejo del acto de creación divino. El chispazo de trascendencia llamea cuando el Otro, a través de su Persona profunda y misteriosa, existente pero inasible, otorga significación y belleza -una belleza que supera lo meramente formal o sensible- a los grandes y pequeños otros que poco a poco entran en la escena.

Todo entronca con la mejor tradición humanística, pero nada de ello es demostrable desde el método científico. Ante la aparente paradoja, Roger Scruton aportaba una respuesta perfecta: la música. Sus notas pueden describirse en una partitura, pero desde el punto de vista técnico-racional una pieza instrumental carece por completo de significado.

Ahora bien -y aquí viene la sorpresa-, un tema musical, mientras acontece en el espacio y el tiempo -pensemos, por ejemplo, en El arte de la fuga o el Adagio BWV 974 de J.S. Bach-, interpela al oyente y  provoca una experiencia intransferible que, al mismo tiempo, resulta plenamente real; surge el encuentro con una intencionalidad -con una persona- que, por la belleza que contiene en su propia presencia, traslada el espectador a un mundo distinto y más alto, donde la vida halla destellos de plenitud, hondura y propósito.

Tanto Steiner como Scruton comprendieron en carne propia que estos planteamientos avanzaban a contracorriente de las teorías literarias dominantes en el último medio siglo. De hecho, ambos detectaban en las diversas corrientes que confluyen en la Posmodernidad una serie de voladuras de los puentes que ligan las palabras a sus significantes esenciales.

Uno y otro, ante la presente tendencia hacia lo efímero y la auto referencialidad, denunciaban a ese yo autoral que, erigido en pretendido centro, no quiere ver en el lenguaje un cauce que vincula al sujeto con el mundo que le precede y con las otras personas. Y así, roto el contrato con la palabra primordial, el paisaje intelectual de nuestro tiempo se convertía, a juicio de Steiner en su ya citado ensayo de 1989, en esa «ciudad secundaria» que irradia paráfrasis o diversión.

Los dos protagonistas de este artículo, francotiradores de la alta cultura, no caminaron siempre solos. Pocos años más tarde, en 1993, otro intelectual europeo de origen judío y emigrado a EEUU, Zbigniew Brzezinski, partía de un ámbito académico diferente para llegar a conclusiones similares. En su libro sobre geopolítica Fuera de control, el ex consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca encuadró no pocas de las creaciones culturales de sus contemporáneos en las producciones efímeras de la «cornucopia permisiva»; metáfora que Brzezinski creó para describir la sociedad de consumo occidental tras la derrota de Marx a manos de Comte.

¿Hay salida al laberinto deconstructivista? Nadie acusó a George, que puso a sus memorias el título de Errata, ni a Roger, autor de un manual de autoayuda titulado Usos del pesimismo, de propensión a las desbordantes ingenuidades, máxime cuando eran conscientes de que la cultura no frenó a los fanáticos que devastaron gran parte del siglo XX. Es más, ambos advertían que de la idolatría hacia las abstracciones contenidas en los libros nace el virus de la alucinación política; una retórica ficticia que arrasa la realidad concreta y, con ella, a tantos millones de inocentes.

Con todo, pensaban que la esperanza razonable para el futuro seguía enraizada en el vigor del canon occidental; justo lo contrario a lo promovido por los actuales planes de enseñanza que, en palabras de Steiner, “cada vez se asemejan más a una amnesia institucionalizada”.

El estudio riguroso de los clásicos supone un ejercicio -sostenía Scruton- de eso que Platón llama anamnesis: el traer a la conciencia las cosas olvidadas. Solo de este modo dejaremos de vivir nostálgicos y alienados, encontraremos el hogar y, con él, el nombre de la rosa.


 

José Barros
Periodista y consultor de comunicación.

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