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José Antonio Rodríguez Piedrabuena —— El ejercicio rejuvenece los programas moleculares de tejidos envejecidos

Es sabido que el ejercicio físico es beneficioso para la salud, pero hay aspectos poco conocidos que subrayan su importancia, por ejemplo, en materia de rejuvenecimiento. Se tiene evidencia de que el ejercicio revierte los cambios en los genes relacionados con el envejecimiento y, por lo tanto, los fenotipos de senescencia e inflamación crónica en los tejidos de todo el organismo. Además, amortigua la actividad de genes proinflamatorios que se descontrola con el envejecimiento.

El ejercicio es una intervención sólida para restaurar la función mitocondrial y lograr la reactivación de las células madre adultas envejecidas, como las células madre musculares y otras. Por ejemplo, el ejercicio activa genes relacionados con la función del sistema nervioso (como el desarrollo de la proyección neuronal y la cognición) principalmente en el cerebro, el cerebelo y la médula espinal. También, confiere beneficios mentales en los adultos, en términos de memoria, agilidad mental, estabilidad emocional y rapidez de reflejos.

Por otra parte, el entrenamiento físico incrementa el contenido de mitocondrias en el corazón; y aumenta el número de neuronas motoras en la corteza motora y la médula espinal, junto con un mayor contenido de neurofilamentos en las terminales motoras del músculo esquelético, lo que indica una inervación muscular fortalecida, que dará mejor estabilidad al equilibrio.

Sorprendentemente, en el sistema nervioso, el grosor de la corteza aumentó sustancialmente en ratones jóvenes y viejos después de 12 meses de ejercicio en comparación con animales jóvenes y viejos que no hacían ejercicio, y ayudaron a explicar la mejora de la capacidad física y cognitiva conferida por el ejercicio.

Las fibras de contracción lenta y rápida en el músculo esquelético y fibroblastos en el corazón se rescataron en una medida similar a las neuronas. La médula espinal, el músculo esquelético, la aorta, el corazón, los riñones, pulmones, hígado y testículos también se reprogramaron mediante el ejercicio.

Del mismo modo sucedió con las células inmunitarias, especialmente las células T vírgenes CD8+ en la sangre periférica. Además, encontramos que los linfocitos T citotóxicos CD8+ envejecidos y los CD8+ de células T de memoria en la sangre periférica y el bazo se rescataron de manera efectiva mediante el ejercicio.

Efecto beneficioso global

La actividad física redujo la expresión asociada con el envejecimiento en el sistema nervioso central, incluyendo la corteza cerebral, el hipocampo, el cerebelo y la médula espinal. En cuanto al estado de inflamación en otros tejidos envejecidos, el ejercicio mejoró la infiltración exacerbada de células inmunes CD45 + y neutrófilos en hígado, pulmón y riñón, que indican un estado inflamatorio subyacente en infinidad de personas. Disminuyó además la expresión de IL-1β asociada con el envejecimiento en el hígado y el riñón.

Por lo tanto, el ejercicio remodela el panorama de genes del envejecimiento, y ejerce un efecto beneficioso global en todo el cuerpo, atenuando los cambios genéticos asociados con el envejecimiento. A nivel celular, se comprueba una variedad de tipos de células fuertemente rescatadas a un estado más joven.

En cambio, la vida sedentaria activa una red de vías inflamatorias que promueve el desarrollo de estados neurodegenerativos, resistencia a la insulina, aterosclerosis y crecimiento tumoral. Se sabe desde hace décadas que las personas que son físicamente activas tienen un sistema inmune más capaz.

La actividad ayuda a nuestro organismo a luchar contra el estrés oxidativo y los radicales libres, causa común para el envejecer. Como consecuencia del ejercicio, los órganos del cuerpo empiezan a proporcionarnos salud, mediante exerquinas por su papel en la comunicación y coordinación de todos los órganos y sistemas.

Es como si nuestro cuerpo se resetearan todos los órganos, induciendo, en una especie de revolución metabólica sanadora, la producción en varios tejidos como el muscular (mioquinas), el hígado (hepatoquinas), el tejido adiposo (adipoquinas, sensibilizadoras a la insulina y antiinflamatorias), o el corazón (cardioquinas).

La mayoría de cardioquinas, como mediadores importantes, tienen roles en el mantenimiento de la homeostasis cardiaca o en la respuesta al daño miocárdico. También en las neuronas (neuroquinas), a las que hay que añadir la mejora de la longitud de los telómeros, o la función de las mitocondrias. No hay ningún órgano del cuerpo que no se beneficie del ejercicio, incluida la flora intestinal.

Por todo ello, el ejercicio moderado tiene muchos efectos positivos, desde el fortalecimiento del corazón y el control del peso, a la capacidad funcional de los pulmones y el funcionamiento global del cerebro.

*José Antonio Rodríguez Piedrabuena es especialista en Psiquiatría y Psicoanálisis, y en formación de directivos, terapias de grupo y de pareja.

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