Este verano he tenido que despedir a mi padre. Se ha marchado sin hacer mucho ruido, como a él le gustaba, después de una vida larga y plena. Y aunque su ausencia duele y dolerá, me queda el sentimiento de orgullo por haber tenido ese padre, y el de privilegio por haber sido su hija. También me queda el legado de una generación que nos enseñó más de lo que, quizá, nunca imaginaron.
Los que hoy rondamos los cincuenta, y estamos al frente de empresas, equipos y proyectos, crecimos con padres que nos marcaron con su ejemplo más que con sus palabras. Hombres que conocieron la austeridad, el valor de las cosas y que se entregaron a sus familias y afrontaron el esfuerzo como parte natural de la vida. Padres que, sin hablar de liderazgo, nos lideraron.
Aquí puedes leer el artículo completo: