Somos criaturas complejas porque estamos compuestos de muchas pulsiones en que todas luchan por imponerse. En el cerebro no cesa nunca el conflicto entre distintas posibilidades, y todas ellas intentan derrotar a las otras.
Vivimos entre dos maneras de percibir, sentir y reaccionar ante el mundo. Por un lado, actúa el sistema límbico, corazón de nuestra vida emocional: un conjunto de estructuras profundas del cerebro, situadas por debajo de la corteza, fuera del alcance de la conciencia. Por otro, intervienen las cortezas cerebrales, responsables de la reflexión, la valoración de los estímulos, la planificación, la moralidad, la empatía
El desarrollo del sistema emocional depende en gran medida de los cuidados recibidos desde el nacimiento, del entorno familiar, de la memoria evolutiva de la especie y de la propia genética. Entre otras estructuras figuran la amígdala y el hipocampo, claves en los mecanismos de supervivencia. En ellas se compara la información que recibimos con el modelo interno que hemos construido a lo largo de nuestra vida.
Nuestros sentidos alimentan continuamente ese modelo personalísimo. Sin embargo, para ahorrar energía y mantener una percepción estable, evitamos comprender aquello que resulta complejo o que cuestiona nuestra forma de sentir, limitada y esquemática. Herencia de nuestros antepasados prehistóricos. Nuestro cerebro está compuesto de piezas que se han ido desarrollando para sobrevivir de las especies que nos precedieron.
Cuando la amígdala toma el control, bloquea cualquier información que pueda poner en duda lo que sentimos como propio. En ese momento se activan mecanismos de defensa psicológica como la negación o el autoengaño, la proyección de lo que no queremos ver en nosotros sobre el prójimo. Esto explica por qué, cuando alguien cuestiona nuestras ideas, resulta tan difícil razonar con serenidad o escuchar con apertura.
Estas estructuras funcionan con una lógica primaria: lo que favorece la supervivencia se percibe como bueno; lo que la amenaza, como malo. No hay matices. Desde ese plano emocional, el ser humano cree, se adhiere, se posiciona y juzga.
Por ello, cualquier argumento nuevo o interpretación distinta puede vivirse como una amenaza vital. Los profesionales que intentan ayudar observan con frecuencia que muchas personas no logran cambiar de perspectiva, ni aceptar sus verdades.
Se trata de estructuras primitivas del cerebro, herencia de etapas muy tempranas de la evolución, cuando era necesario reaccionar con rapidez ante posibles peligros sin margen para la deliberación. Este sistema emocional sigue operando sin términos intermedios.
Sobre estas estructuras mentales están incidiendo los discursos populistas y la radicalización. Resulta sencillo activar estas respuestas, ya que basta con desestabilizar el equilibrio mental para que emerjan esas estructuras profundas que influyen en nuestra forma de vivir, pensar y decidir y recibir lo que viene desde fuera.
La consecuencia es evidente: el diálogo se deteriora, incluso en el ámbito familiar, donde las discrepancias pueden activar reacciones desproporcionadas. Quienes manipulan mediante emociones utilizan un lenguaje que despierta ese fondo dicotómico —de “buenos” y “malos”— presente en todos nosotros. Generan así una adhesión similar a la de las adicciones, basada en promesas de recompensa que no favorecen el desarrollo personal y crean dependencias ciegas. Todo lo propio se percibe como positivo, mientras el oponente se convierte en enemigo.
En este contexto, la acción pierde el freno de la corteza cerebral: disminuye la empatía y se facilita el daño al otro. La polarización, por tanto, se alimenta de esta regresión emocional hacia posiciones de confrontación, rechazo o violencia, aspectos de los componentes negativos de las estructuras citadas. Nuestra racionalidad convive con una base primitiva que recuerda la fragilidad de la civilización: somos, al mismo tiempo, animales y humanos.
La conciencia, la moral y el pensamiento reflexivo se sustentan en una capa relativamente fina del cerebro: la corteza. Sobre ella descansa la estabilidad mental, siempre vulnerable. El organismo se encuentra en permanente adaptación a estímulos internos y externos, generando directrices cargadas de emocionalidad que pueden desequilibrarnos.
No resulta extraño, así, que fenómenos como el fanatismo o el radicalismo no tengan soluciones simples. Su origen se encuentra en estructuras fuera de la conciencia, responsables también de conductas como el egoísmo, la lucha por el poder o la dificultad para reconocer al otro como semejante. A menudo, estas respuestas reflejan desarrollos incompletos condicionados por déficits en la crianza familiar o social, que obligan a destinar gran parte de la energía psíquica a mecanismos defensivos y compensatorios.
A todo ello se suma la presión constante de los sistemas biológicos: el corazón, la respiración, la temperatura corporal, el sistema inmunitario, las hormonas y la química de la motivación, junto a la incesante llegada de información de los sentidos. Esta compleja red de señales converge en el sistema emocional.
En términos generales, gran parte de nuestra vida está regida por estos procesos inconscientes, responsables de mantener la estabilidad funcional del organismo. El cerebro, además, busca economizar energía: cualquier cambio implica activar múltiples procesos biológicos, desde la expresión genética hasta la síntesis de nuevas proteínas, reordenamiento de redes neuronales, señales moleculares, conexiones entre neuronas.
Por ello tendemos a resistirnos al cambio, evitamos la autocrítica y experimentamos rechazo ante lo complejo. Escuchar con calma a quien nos cuestiona o afrontar un proceso terapéutico puede resultar amenazante. Preferimos, en muchos casos, aferrarnos a aquello que exige menos esfuerzo y nos reafirme.
En última instancia, esta dinámica plantea una paradoja inquietante: la inteligencia puede volverse contra sí misma.
Dr. José Antonio Rodriguez Piedrabuena